Le dirán Maestro y tendrán razón. O tal vez le digan Genio y nadie podrá discutirlo. O acaso lo llamarán ídolo, y claro, habrán cantado la justa. Sin embargo, ninguno de los merecidos calificativos que se le dispensen hará justicia con lo que fue la verdadera naturaleza de Juan Alberto Badía: Comunicar.
Se encendía la luz roja y el hombre parecía nacer en vida. Se convertía en el Capitán Beto de ese espacio al que llaman eter. Fue para ese universo de radio el inventor de algo nuevo, donde la creatividad era la ley y el buen gusto el dogma inquebrantable. Allí donde las fronteras las imponían la propia palabra y la capacidad imaginativa de la mente tras el receptor.
Badía imaginaba un mundo y lo contaba con sabiduría. Frase a frase. Palábra a palábra. Lo sostenía ser creíble, ser jovial y ser honesto. Metió la radio dentro de la tele y (cosa casi imposible) la tele dentro de la radio. Referente de la vieja raza de locutores hoy en desaparición, sus programas insignias (Badía y compañía, Imágen de radio) fueron verdaderas escuelas para quienes fantaseabamos sin tapujos con la aventura de hablarle a una cámara o a un micrófono. Somos muchos los que a tipos como él le debemos un trabajo, una conducta de vida, una inspiración...
Estaría bueno reclamarle a la parca que afloje un poco, que es suficiente por ahora. Sus decisiones inapelables han golpeado este año al mundo River con la ausencia de tres de sus más altos referentes. Primero el Flaco, luego el Negro, y ahora el Beto. Y allá arriba estarán ahora, charlando de los Beatles, de la música, del mundo, de los sueños, de la banda roja... Llegará Juan Alberto al grito de "Muchachos!, tengo algo para contarles!"... y les narrará la noticia del ascenso con la pasión riverplatense que lo distinguió de por vida; La misma que puso a diario cuando se enfrentaba con su amigo el micrófono.


















