Torneo Apertura 1994 - 06/12/94

Cuantas veces hemos jugado con el imaginario ranking de los goles de River más gritados. Los goles más festejados rara vez suelen ser los más bonitos, sino los más importantes, salvo que –obviamente- la belleza y la importancia concuerden en la ocasión. Uno de esos estallidos viscerales más recordados en el inconsciente colectivo del pueblo riverplatense es el leitmotiv de este post.
Así que todo lo que pueda decirse de aquel partido entre el River Plate del Tolo Gallego y Talleres de Córdoba, por la 17ª fecha del Apertura de 1994 es secundario. Como también será aleatorio saber que el millonario venía invicto y que se jugaba esa jornada puntos importantes para mantener la punta del certamen; Que tenia una oreja atenta a lo que ocurría en el choque entre el escolta San Lorenzo y Lanús; Que el morbo aumentaba ante la posibilidad de dar la vuelta olímpica en La Bombonera la fecha siguiente; Que Enzo Francescoli, as y banca de ese equipo, estaba al filo de la suspensión por la damocles de las 4 amarillas. Todo eso es irrelevante a la luz de ese gol que (a casi 17 años de ocurrido) sigue conmoviendo corazones.
Entonces es martes en Buenos Aires. El tufo tórrido del crepúsculo se escabulle con la sensación ambigua de un empate que no sirve mucho. 6 de diciembre de 1994 y los relojes marcan 52 minutos del segundo tiempo, lo que quiere decir que no hay tiempo para nada. Solo para una última súplica apañada por la benevolencia del juez del partido, el novato Horacio Elizondo. El último pase, el último centro, la última ficha, a ver que pasa.
Talleres de Córdoba ha hecho de la demora y el aguante su religión esa tarde, y realiza lo que haría cualquier hijo de vecino: Manda a sus 7 hombres a la troya del área, descuidando el flanco que abre Ariel Ortega por derecha. El burrito recibe y hace lo que tanto dinero le hizo ganar después. Se hamaca ante Fornero para lograr sacar luego un centro enroscado, preciso, que viaja como en cámara lenta, suspendido a tres metros del piso, como si en su trayectoria buscara detectar en los posibles receptores las intenciones de gol o de rechazo. Es justo en ese momento estelar de la tarde, en ese minuto, en ese segundo, en ese instante, cuando se corporiza un nuevo milagro de nuestro Dios de aquellos días.
Enzo Francescoli fue a la pelota como atraído por ella, Kesman y Chacoma quedaron estaqueados en el piso, petrificados por la certeza de llegar a destiempo. El Príncipe corrió elegante y subió impulsado por un pedestal invisible. En lo más alto de su salto impactó con el parietal zurdo, girando seco su cuello, torneando sus piernas como tijeras en busca del equilibrio justo, como Barishnikov en el Bolshoi. Irusta la vio pasar y supo que nunca llegaría pese a tirarse para aparecer en la foto. Cuando Enzo aterrizó la pelota rebotaba en la red desatando el tsunami de voces desaforadas que despabiló la tarde de Núñez. Iban 7 minutos de descuento.
Burgos, Díaz, Roberto Ayala (luego Corti), Rivarola y Altamirano; Cedrés, Astrada, Ortega y Gallardo; Crespo (uego Amato) y Francescoli fueron por River. Irusta; Graieb, Kesman –roja-, Orellano y Barrios; Benítez, Chacoma, López Baez y Fornero; Boldrini –roja- y Carrario –roja- fueron por Talleres. Francescoli había abierto el score de penal a los 43 del primero y Fornero empatado a los 3 minutos del complemento.
Luego del gol, a Enzo lo nubló el delirio y emprendió una carrera revoleando sobre su cabeza la camiseta, mientras trataban de darle alcance compañeros, suplentes, fotógrafos y alcanzapelotas. No se percató de su probable amonestación que lo quitaría del clásico en La Boca. HoracioElizondo hizo como que no lo vio. Hubiera empañado en pos de la justicia, uno de esos momentos en la vida en los que uno parece estar bien cerca del cielo.






