Mostrando entradas con la etiqueta partidos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta partidos. Mostrar todas las entradas

miércoles, 29 de agosto de 2012

JUGADOREEEEE...

River Plate  1 - 0  Newell's Old Boys
Metropolitano 1983 - 14/08/83
.
   La canción se llama “It’ a heartache”, fue compuesta en el año 1977 e impulsada a la fama por la voz ronquita de Bonnie Tyler. El folclore tribunero del país convirtió su melodía en una especie de hit de la bronca cuando los resultados deportivos resultan esquivos. Su letra está dedicada a los jugadores y al sexo de sus madres, y habla de poner huevos y de no jugar contra nadie. En 1983 su potencial incendiario aún no había sido descubierto por la chispa creativa de algún iluminado barra con beta musical. Si así hubiese sido, el ya clásico “Jugadoreeee….” No hubiese dejado de atronar en aquellas rabiosas tribunas del Monumental, la tarde del 14 de agosto de 1983, en ocasión de la 13ª fecha del Torneo Metropolitano.
   Hasta el maldito 2011, ningún hincha de River más o menos leído hubiese dudado en calificar a 1983 como el peor año en la historia institucional de la banda roja. La decadencia en la que se encontraba sumido el proceso de Aragón Cabrera arrastraba al Club a una debacle deportiva y económica sin parangón. River debía mucha plata. River despedazaba su plantel exitoso. River cedía protagonismo escénico. River asustaba con la posibilidad de descender. Para colmo de males, cierta cadena de desgracias (Asesinato del barra Alberto Taranto tras un superclásico en Vélez. Muerte inesperada del ídolo Ángel Labruna en un sanatorio capitalino. Muerte del delantero Oscar Trossero por un aneurisma en pleno vestuario del Gigante de Arroyito) sumían el ánimo del mundo River dentro de un pesimismo que fue el verdadero protagonista de toda esa temporada.
   Y si como toda aquella concatenación de mufas no fuese suficiente, la huelga a la que se plegó el plantel profesional por falta de pago en el arranque del Metro de ese año, hizo estallar la bronca de un hincha que hasta allí se había mostrado dispuesto a tragarse todos los sapos posibles para no espesar más un clima demasiado turbio. Durante el largo mes y medio que duró la protesta, River jugó sus partidos con elementos de la cuarta y la quinta división, cuyo esfuerzo y enjundia para inmolarse en la desventaja, no hizo más que exacerbar los ánimos de los parciales –de por sí ya muy caldeados- contra la postura de los huelguistas.
   Todo se desmadró el 14 de agosto de 1983 ante Newell’s Old Boys de Rosario, día en que los profesionales volvieron a jugar tras la medida. El Monumental fue un hervidero que no necesitó más de 15.000 almas para explotar. Los jugadores, sabedores de la mala onda reinante, se comprometieron a ser lo menos demostrativos posibles ante su propio público enervado. Salieron a la cancha a paso cansino y con la cabeza gacha, escoltados por por una rechifla que tapaba a los tibios aplausos. Apenas saludaron cuando se pararon en el círculo central. Los insultos caían ya como pesadas piedras a sus pies sin que el grueso límite de la pista de atletismo los ponga en salvaguarda de su daño moral. Epítetos hirientes llovían al por mayor: Traidores!. Ladrones!. Mercenarios!. Gallinas!. Mostaza Merlo miraba a sus constados y con un par de aplausos bruscos buscaba contagiar ánimo a los suyos.  Un pibito como Carlos Tapia intentaba en la descarga de algún pique corto espantar las tensiones de una realidad que no le pertenecía. Los uruguayos Bica y Francescoli miraban absortos como un Club (del cual habían dicho era la Casa Blanca) podía consumirse en su fuego interno sin miramientos.
   El hincha puede ser muy cruel al momento de demostrar su enojo. Cada toque de Newell’s era acompañado por un “ole” hiriente. Cada pase errático era procedido por un murmullo irritante. Cada salida del banquillo del DT José Varacka despertaba inmediatamente el “Sentate allá, ladrón!” de la San Martín. Promediando el primer tiempo, el volante millonario Daniel Messina tuvo que ser atendido por un golpe y de la tribuna bajó un conteo socarrón modo juez de box hasta darle el out al lesionado.
   Cuando faltando 20 minutos para culminar un match anodino, Enzo Francescoli maniobró en el borde del área, alcanzó a rematar chanfleado al segundo palo provocando el rebote largo del arquero Civarelli. Alberto Bica llegó primero que todos y la mandó a guardar en el arco del Río de la Plata. Una montonera de jugadores se aferró en un abrazo de bronca y revancha. En las tribunas el gol se gritó sin la enjundia habitual. En muchos casos lo hicieron por compromiso.
   Gabriel Puentedura; Julio Olarticoechea, Eduardo Saporiti, Enrique Nieto y Jorge García; Daniel Messina, Reynaldo Merlo, Carlos Tapia y Enzo Francescoli; Oscar Víctor Trossero y Alberto Bica salieron a la cancha por River. Cuando pitó el final Jorge Romero nadie sabía bien que hacer. Los jugadores ni saludaron antes de bajar a los vestuarios. El público, dolorido pero tal vez anestesiado por la victoria, los despidió con mas tristeza que bronca. Todos sabían que algo se había roto para siempre.

miércoles, 13 de junio de 2012

ENTREGADO AL MARRÓN

River Plate  2 - 3  Platense
Torneo AFA 1986/87  -  02/05/87
.
Nadie vio nada, nadie escuchó nada. No hubo cámaras ocultas que cercioren el pacto, ni arrepentidos que desnuden entretelones desconocidos. Entonces lo que pueda haber pasado esa tarde otoñal de mayo de 1987, nació, vivió y murió dentro del campo de juego de Núñez y en los acuerdos tácitos y miradas cómplices que los protagonistas de aquel cotejo puedan haber cruzado. Cuando se está envuelto en la coyuntura, es difícil sentir el peso de la historia. Si River se hubiera imaginado la manchita que quedaría para siempre, tal vez no le hubiese allanado tan placidamente el camino a un Platense que, perdido por perdido, fue en busca del milagro que necesitaba para seguir con vida. Y lo encontró.
   A principios de 1987, el River del Bambino Veira ya había detenido el motor de su máquina gana todo y marchaba solo con el impulso de su inercia. Esa última fecha del Campeonato Temporada 86/87 encontraba al millonario sin nada importante por que jugar y con un indisimulable aroma a final de ciclo. Platense, por el contrario, era una bola de nervios deshojando su habitual margarita de “desciendo / no desciendo”. Llegaba con el agua al cuello obligado a descontar el punto con que Temperley lo aventajaba en el duelo por evitar el rebajamiento de categoría.
   El partido transcurrió sobre carriles normales durante la primera hora de juego. River imponiendo sin apuros la enorme diferencia de categoría individual con que contaba, y Platense anudado en sus tensiones por una calculadora que no sonreía y una radio que no traía buenas noticias, tal es así que nadie se sorprendió cuando llegaron los goles de Claudio Morresi y Aponte en contra, casi lapidando cualquier tipo de aspiración del marrón por zafar.
   Pero ocurrieron 3 hechos claves para que el milagro se produzca. El primero fue el empate de Omar Palma para Central ante Temperley en el sur, que avivó un poco más la pequeña llamita de esperanza. El segundo fue la variante introducida por el Chamaco Rodríguez, poniendo toda la carne en el asador con el ingreso de Miguel Ángel Gambier. Y el tercero –y no menos fundamental- fue la mansedumbre con la que River afrontó los 15 minutos finales del partido. De allí a decir que la banda entregó el partido hay un trecho muy grande, pero la sospecha de que algo raro pasó jamás podrá escaparse del recuerdo de los que vivieron aquella jornada.
   Apenas ingresado, Gambier había descontado con una volea de derecha tras controlar un centro con el pecho. Liberado de su carga al saberse ya condenado, Platense se hizo empuje y fervor. A los 38 hubo un corner y un centro pasado. Fueron varios los que saltaron en el segundo palo y entre todas las cabezas apareció una mano que desvió el balón como un voleybolista. Era el Tolo Gallego. Gambier puso el segundo y el milagro no solo ya no era imposible, sinó que –a la luz de los hechos- era lo mas probable. Tuvo el Calamar que sacudir un poco más la rama para que la fruta madura caiga. Y cayó sobre el minuto final. Hubo un nuevo centro, un cabezazo a boca de jarro que obligó un atajadón el pibe José Miguel y el rebote de Gambier sacudiendo la red de la Figueroa Alcorta. El triunfo de Platense obligó a un desempate con Temperley para evitar el descenso. En cancha de Huracán se impuso 2-0 y mantuvo la categoría.
Abel Gnecco fue el juez esa tarde. River dispuso a José Miguel; Plumero Gómez, Tano Gutiérrez, Erbín y Gordillo; Gustavo Zapata, Gallego, Morresi y Gorosito; Alzamendi y Pedro Salaberry. Después entraron Medri y Sperandío. Por Platense jugaron Fortunato; Bellini, Avalos, Larramendi y Aponte; Desanto Callipo y Espina; Gerardo González, Nannini y Alfaro Moreno. Posteriormente ingresaron Gambier y el Colorado Vieta. Son ellos, los protagonistas, los únicos que conservan fielmente para sí la verdad de la historia de ese partido memorable. Un cotejo que, como tantos otros antes y otros después, nos enseño que en el fútbol (al igual que con las brujas) los arreglos no existen, pero que los hay, los hay.

miércoles, 21 de marzo de 2012

LA NOCHE ANTES DE LA NOCHE

River Plate 2 - 1 Portuguesa FC (Venezuela)
Copa Libertadores 1976 - 23/03/76.


21:00. Estadio Monumental. El pitazo del boliviano Ortubé se escucha omnipresente sin que la mediocre concurrencia opaque con fervor su estridencia. Juegan River y Portuguesa de Venezuela un ordinario partido de primera fase de Copa Libertadores que (a juzgar por la historia y la actualidad enormemente dispar) parece tener el resultado ya escrito de antemano. La pelota rodando sumerge a todos en el partido. Nadie sabe, nadie sospecha, nadie imagina, que no muy lejos de allí, un grupo de señores delinea los últimos detalles de una jugada maestra que terminaremos pagando todos. Para ellos también la historia está escrita.
21:40. La Pepona Reinaldi aprovecha un yerro de la defensa venezolana y sacude la red de la Figueroa Alcorta con un violento derechazo, mientras que allá arriba en la cabina, la voz de José María Muñoz anoticia a todo el país que River Plate ya está en ventaja 1-0. Tal vez aquel grito latoso del "Relator de América" haya retumbado como un eco lejano en los galpones del cuartel mientras un soldado limpiaba su fusil. Donde seguro no sonó fue en la cabeza de aquellos “heroicos” Generales, Brigadieres y Almirantes, agazapados ya, como el tigre en la maleza, prestos a dar el peor de los zarpazos. Demasiado tarde para fútbol. Demasiado tarde para lágrimas. Demasiado tarde para todo.
Pasadas las 10 de la noche. Isabelita está sentada en su despacho y piensa. Pétrea, absorta, desbordada. Parece una estatua de si misma jugando a ser lo que nunca debió. Piensa. Puede estar atenta a la búsqueda de la solución de todo este entuerto descomunal o esperando que Tony Bennett llegue para cantarle una canción. Nadie puede saberlo. Quienes la rodean solo quieren escapar de un incendio que es indefectible. Como indefectible es también la victoria de River esa noche, consumándose definitivamente con otro gol de la Pepona y un trámite taciturno que expulsaba de a puñados a los hinchas antes del cierre.
23:10. Todo concluye sin imprevistos. River gana apenas 2-1 regulando la máquina, encaminándose a una segura clasificación. Un periodista parte raudo en un taxi rumbo a la redacción para construir su crónica. Lleva en su anotador los detalles elementales. Los goles de Reinaldi, el descuento de Juan Carlos Núñez, la formación de la banda con Fillol; Zappia, Perfumo, Ártico y H. López; JJ, Merlo y Alonso; Pedro González, Reinaldi y Más. Los cambios de Sabella y Pena, los pormenores del match. Pero hay un movimiento extraño en la redacción. Llamadas agitadas, ordenes expeditivas, rumores febriles. Algo pasa, y es muy grosso. No habrá espacio en la plana mayor para la viñeta insignificante del triunfo millonario.
Ya hemos atravesado el umbral de la medianoche. El plantel de River retorna a casa para descansar y preparar el juego del domingo ante Temperley por el Metro. Al mismo tiempo la anunciada (y en amplios sectores pretendida) caída de María Estela Martínez finalmente ocurre. La soberbia troupe vestida de gala infesta en condecoraciones y charreteras “golpea” las puertas de Balcarce 50. Pasan sin anunciarse. Ariel Delgado locuta el célebre “Comunicado Nº 1”. Sombras fantasmagoricas se liberan de la caja de Pandora para cubrir un país que ahora duerme.
El reloj marca la 1:23 del jueves 24 de marzo de 1976. Se desperezan lentamente las aspas de un helicoptero de la Fuerza Aerea posado sobre el techo de la Casa Rosada. La historia ya ha sido escrita.

viernes, 30 de diciembre de 2011

ESCUELA A DOMICILIO

Selección Valle del Cauca 2 - 2 River Plate
Amistoso internacional - 24/01/57.


Pocas cosas más satisfactorias para un maestro, que ver al alumno agarrar viaje solo, guiado por las enseñanzas inculcadas por su predica docente. Cuando se habla de la famosa “Escuela riverplatense” no se está haciendo mención a algo etéreo o simbólico. Es un hecho rotundo y real, comprobable tan solo con un repaso veloz de la historia o con la visión atemporal de la herencia que esos sucesos han dejado. El fútbol –hoy en día ya un señor añoso y mañoso- tuvo su tiempo de inocencia y descubrimiento. Ese fútbol ya fue, muerto a expensas del negocio. Con la copa de su árbol alcanzando alturas demenciales, quedan bajo tierra los recuerdos de sus raíces. Años virginales y asombrosos al fuego del placer y la admiración por los grandes maestros que compartían el juego por el mundo. Muchos de esos grandes maestros, eran Argentinos.
Las famosas giras de River Plate dejaron una onda huella en buena parte del planeta. En el afán de cosechar divisas y prestigio, subyacía un espíritu docente que prendió velozmente en masas que habían soñado las hazañas de equipos como La Maquina como algo inalcanzable. Fueron tours agotadores, montados en aviones y barcos precarios, descubriendo en cada puerto un público nuevo al cual inculcarles el arte del fútbol mejor jugado.
Una de las tantas giras históricas de la banda roja, se realizó por Perú y Colombia entre los meses de diciembre de 1956 y Enero de 1957. Fue en las tierras del café, (Luego tan caras al sentimiento riverplatense por jugadores históricos como Ángel, Yepes o el mismo Radamel, o por el recuerdo de las finales de Copa ante América), donde el furor millonario se desató en toda magnitud. Habitaba aún por esos lados el duende encantador de “El Dorado colombiano” y las magnificas exhibiciones de Pedernera, Di Stéfano o Pipo Rossi, hombres que elevaron el sello River a escala global.
El partido ante la Selección del Valle del Cauca era el punto final de un periplo que entre viajes, hoteles, partidos y anécdotas habían consumido las energías de un plantel, deseoso no obstante, de mantener el invicto de hasta allí 11 partidos, producto de 7 triunfos y 4 empates. La empresa no parecía demasiado dificultosa. Los vallecaucanos eran un semiprofesional y entusiasta rejunte mas o menos formal de los mejores exponentes de la región, pero a años luz del renombre y la capacidad del elenco riverplatense.
Las 20.600 personas que completaron el Pascual Guerrero de Cali (aún no con la fisonomía que hoy se le conoce) asistieron a una fiesta. Ni bien apareció River una cortina de aplausos cayó de las tribunas y los jugadores locales se fueron al humo a cambiar banderines y a sacarse fotos con Ángel Labruna, Amadeo Carrizo y Pipo Rossi, lo cual demoró unos 10 minutos el comienzo del partido. El árbitro inglés Sir Charles Mc Kenna tuvo que despejar a silbatazo limpio a las varias decenas de curiosos para poder dar el kick off.
Pero los Vallecaucanos no eran ningunos improvisados. Eso, más la fatiga millonaria y el sofocante calor de la tarde caleña, hicieron del partido un evento trepidante e incierto. Al bagaje de talento y capacidad técnica de River se anteponía un equipo batallador y respetuoso del balón. A los 21 del primer tiempo, Labruna metió un pase entre líneas para el pique de Sívori que controló con izquierda y definió cruzado de derecha. Lo empató Marino Klinger con un taponazo a los 14 del complemento. Otro pase magistral de Labruna, en este caso a Héctor De Bourgoing posibilitó la nueva ventaja de la banda. Pero a 8 del final una explosión sacudió el estadio, cuando Delio Gamboa sometió a Amadeo decretando el 2-2 final.
Carrizo; Pérez y Vairo; Mantegari, Rossi y Sola; De Bourgoing, Sívori, Menéndez, Labruna y Zárate jugaron por River. Benítez; Abadía y Mina; Sinisterra, Escobar y Sánchez; Valencia, Gamboa, Klinger, Cabezas y Mosquera actuaron por los locales. El cierre del partido encontró a todos contentos. River por cerrar su gira en forma invicta, y los locales con el orgullo de no haber sido menos que la admirada potencia argentina. Los mismos aplausos del inicio despidieron a ambas escuadras ya con el sol agazapándose en el horizonte.
Muchos años después, un 5 de septiembre de 1993, un seleccionado Colombiano humilló a Argentina con un 5-0 en el mismísimo Monumental de Núñez por un juego de eliminatorias. La prensa nacional no encontró un mejor elogio para los cafeteros que decir: “Colombia juega la nuestra”. Todos sabíamos que la semilla de “la nuestra” la habían inoculado hacía mucho tiempo fabulosos equipos y jugadores como aquellos de River Plate.

miércoles, 12 de octubre de 2011

QUE TARDE, LELE

River Plate 0 - 1 San Lorenzo
Final Torneo Nacional 1972 - 17/12/72.


Lo tiró afuera. Lisa y llanamente. Afuera mal. Horrible. Quiso asegurarlo, romperle el arco y se le fue al diablo. Así nomas. Alto, fuerte, lejísimo del arco de Perico Pérez. En el minuto 90 de aquella final ante San Lorenzo, el penal de Enrique Chazarreta fue a estrellarse en la cúspide del alambrado, elevado por la fuerza de vaya uno a saber cuantos dedos cruzados, cuantos cuernitos de mufa, cuantos ojos que no quisieron ver ese desenlace. Un alarido conmovedor tronó en tres cuartas partes del José Amalfitani. De pronto el sol radiante volvió a aparecer en aquel crepúsculo dominguero y las brujas y fantasmas que merodeaban se esfumaron empujados por la esperanza. Era un guiño inequívoco del destino de que sí, ese año tenía que ser.
Pero no fue. Y debe escarbarse bien profundo en el corazón del riverplatense para encontrar una pena que emparde aquella del 17 de diciembre de 1972. Cerca de 40.000 millonarios, que doblegaban en proporción de 3 a 1 a los sanlorencistas, fueron a Liniers a coronar una campaña con ribetes espectaculares. Hasta allí, ese Nacional era el torneo perfecto para River, en una celebrada vuelta a las fuentes de su historia, bajo la batuta de un joven e inspirado Beto Alonso y el poder de 3 delanteros picantes como Mastrángelo, Morete y Más. Habían sido 7 goles a Independiente, 7 a Mitre de Posadas, 8 a Independiente de Trelew, 5 a Gimnasia, 4 a Central en Rosario, mas los dos festejadísimos triunfos sobre Boca, el histórico 5-4 de la primera fecha, y el 3-2 con que logró el pase a la final.
Pero lo que el mundo River en su fervor ignoraba era que su equipo se había quedado sin combustible, y –lo que es peor- San Lorenzo tenía el tanque lleno. Al ser primero en la fase inicial, el cuadro de Lorenzo se había ganado el derecho de ser finalista, obligando a River y Boca (2º y 3º) a dirimir en un duelo entre sí, la otra plaza. La noche del miércoles 13 de diciembre, mientras el Ciclón velaba las armas, hubo un superclásico infartante en el Fortín. River ganó 3-2 remontando una desventaja inicial y dejando jirones de su físico para sostener la victoria en los minutos finales. Lo que se había ganado en el aspecto anímico, se había perdido inexorablemente en lo atlético, y era ese un handicap que un viejo zorro como el Toto no iba a dejar pasar.
A decir verdad, ese San Lorenzo era un superequipo, armado a la europea, vertiginoso, solidario, eficaz. Apretó la yugular de River desde el comienzo mismo y el cuadro de Urriolabeitia no tuvo las fuerzas para zafar. Lorenzo planteó 2 marcas personales. Ricardo Rezza sobre Morete y Roberto Espósito sobre Alonso. Ninguno de los 4 jugó. Además dispuso a Chazarreta para perseguir y complicar a JJ López. Y le ganó el duelo ampliamente. Quebrado en dos, River (más complicado aún tras la expulsión del uruguayo Vázquez) debió perder el partido en los 90 reglamentarios, incluso mucho antes de ese penal cometido por Pinino Más.
Era aguantar y llegar a los penales, pero San Lorenzo tenía piernas explosivas y escurridizas en sus atacantes para hacer estragos en la fatiga de grandulones como Dominichi y Daulte. A los 10 del suplementario el Ratón Ayala recibió de Cocco, se internó entre los zagueros y habilitó a Luciano Martín Figueroa que disparó cruzado y bajo en el arco de la General Paz. Aquella perejilada del silencio atroz hubiese quedado bien en ese instante. Lelé Figueroa (un gris delantero de discreta campaña antes y después de esta tarde) se convertía en un verdugo gravado a fuego en la historia triste de la banda roja.
La fría estadística dirá que River fue con Perico Pérez; Japonés Pérez, Gori Dominichi, Polaco Daulte y Rulo Giustozzi; JJ. López, Jorge Vázquez y Beto Alonso; Heber Mastrángelo, Puma Morete y Pinino Más. Que San Lorenzo jugó con Irusta; Sapo Villar, Rezza, Heredia y Rosl; Telch, Espósito y Victorio Nicolás Cocco; Figueroa, Rubén Ayala y Chazarreta. Que ingresaron luego Carlos López y Tola Scotta en la banda y Oscar Ortiz y Sanfilippo en San Lorenzo. Que arbitró Roberto Goicochea. Que hubo 53.000 personas en las tribunas.
Lo que la estadística no podrá explicar jamás es esa nausa interna, esa impotencia en todo un pueblo abatido, el flagelo sórdido de desanudar del alambre las banderas, de bajar de a tres los peldaños de la popular, de inmensas lenguas de gente marchando cabizbajas en la retirada, preguntándole a las baldosas de la vereda el porque de una nueva frustración. Iban 15 años de navidades tristes, y habría que esperar otros 2 años y medio más para encontrar las respuestas allí, en las mismas tribunas del Fortín de Villa Luro.

jueves, 4 de agosto de 2011

MILAGRO A LA ORIENTAL

River Plate 2 - 1 Talleres (Córdoba)
Torneo Apertura 1994 - 06/12/94



Cuantas veces hemos jugado con el imaginario ranking de los goles de River más gritados. Los goles más festejados rara vez suelen ser los más bonitos, sino los más importantes, salvo que –obviamente- la belleza y la importancia concuerden en la ocasión. Uno de esos estallidos viscerales más recordados en el inconsciente colectivo del pueblo riverplatense es el leitmotiv de este post.
Así que todo lo que pueda decirse de aquel partido entre el River Plate del Tolo Gallego y Talleres de Córdoba, por la 17ª fecha del Apertura de 1994 es secundario. Como también será aleatorio saber que el millonario venía invicto y que se jugaba esa jornada puntos importantes para mantener la punta del certamen; Que tenia una oreja atenta a lo que ocurría en el choque entre el escolta San Lorenzo y Lanús; Que el morbo aumentaba ante la posibilidad de dar la vuelta olímpica en La Bombonera la fecha siguiente; Que Enzo Francescoli, as y banca de ese equipo, estaba al filo de la suspensión por la damocles de las 4 amarillas. Todo eso es irrelevante a la luz de ese gol que (a casi 17 años de ocurrido) sigue conmoviendo corazones.
Entonces es martes en Buenos Aires. El tufo tórrido del crepúsculo se escabulle con la sensación ambigua de un empate que no sirve mucho. 6 de diciembre de 1994 y los relojes marcan 52 minutos del segundo tiempo, lo que quiere decir que no hay tiempo para nada. Solo para una última súplica apañada por la benevolencia del juez del partido, el novato Horacio Elizondo. El último pase, el último centro, la última ficha, a ver que pasa.
Talleres de Córdoba ha hecho de la demora y el aguante su religión esa tarde, y realiza lo que haría cualquier hijo de vecino: Manda a sus 7 hombres a la troya del área, descuidando el flanco que abre Ariel Ortega por derecha. El burrito recibe y hace lo que tanto dinero le hizo ganar después. Se hamaca ante Fornero para lograr sacar luego un centro enroscado, preciso, que viaja como en cámara lenta, suspendido a tres metros del piso, como si en su trayectoria buscara detectar en los posibles receptores las intenciones de gol o de rechazo. Es justo en ese momento estelar de la tarde, en ese minuto, en ese segundo, en ese instante, cuando se corporiza un nuevo milagro de nuestro Dios de aquellos días.
Enzo Francescoli fue a la pelota como atraído por ella, Kesman y Chacoma quedaron estaqueados en el piso, petrificados por la certeza de llegar a destiempo. El Príncipe corrió elegante y subió impulsado por un pedestal invisible. En lo más alto de su salto impactó con el parietal zurdo, girando seco su cuello, torneando sus piernas como tijeras en busca del equilibrio justo, como Barishnikov en el Bolshoi. Irusta la vio pasar y supo que nunca llegaría pese a tirarse para aparecer en la foto. Cuando Enzo aterrizó la pelota rebotaba en la red desatando el tsunami
de voces desaforadas que despabiló la tarde de Núñez. Iban 7 minutos de descuento.
Burgos, Díaz, Roberto Ayala (luego Corti), Rivarola y Altamirano; Cedrés, Astrada, Ortega y Gallardo; Crespo (uego Amato) y Francescoli fueron por River. Irusta; Graieb, Kesman –roja-, Orellano y Barrios; Benítez, Chacoma, López Baez y Fornero; Boldrini –roja- y Carrario –roja- fueron por Talleres. Francescoli había abierto el score de penal a los 43 del primero y Fornero empatado a los 3 minutos del complemento.
Luego del gol, a Enzo lo nubló el delirio y emprendió una carrera revoleando sobre su cabeza la camiseta, mientras trataban de darle alcance compañeros, suplentes, fotógrafos y alcanzapelotas. No se percató de su probable amonestación que lo quitaría del clásico en La Boca. HoracioElizondo hizo como que no lo vio. Hubiera empañado en pos de la justicia, uno de esos momentos en la vida en los que uno parece estar bien cerca del cielo.

miércoles, 25 de mayo de 2011

TRES GOLES Y UNA OVACIÓN

River Plate 5 - 3 Vélez Sarsfield
Torneo Metropolitano 1972 - 27/02/72.



No nos es muy dificil hallar en el recuerdo la última gran ovación dedicada al Beto Alonso como futbolísta. Fue justamente en su último partido despedida en el año 1987 en aquel Monumental repleto. Resulta mucho más complicado encontrar la primera de todas ellas, y habría que ser muy fanático del rubro estadístico para consignarlo. Podría sospecharse que la misma ocurrió una tarde calurosa de febrero de 1972, en un Liberti no tan lleno, en un juego de mala muerte por la 1ª fecha del Torneo Metropolitano de ese año.
En Núñez se respiraba un clima contradictorio. Tenso pero siempre esperanzado. Existía un apuro desmesurado por que el proyecto de Didí se traduzca rápido en resultados, pero con la conciencia cierta de que era un proceso concebido para otra cosa y que contemplaba la inclusión de los elementos de la cantera y su inexperiencia a cuestas. Acelerado por la magnífica demostración de los pibes en el histórico superclásico de diciembre del 71 en la cancha de Racing. Uno de esos retoños prometedores era Alonso, quien había debutado meses antes frente a Atlanta en Villa Crespo. Didí lo había visto y se había enamorado de su zurda mágica pero aún lagunera. Era flaco como una varilla y usaba el pelo largo a la moda beatle. Esa tarde ante Vélez significaría la primera gran función suya con la banda roja, en un año particularmente inspirado en su carrera.

Fue una jornada de sentimientos encontrados para los millonarios. Del túnel visitante, vestido con una casaca blanca y la V azulada, asomó para jugar un rostro muy caro para el mundo River. Ermindo Onega volvía a actuar en Núñez, en este caso como visitante en su propia casa. Lo recibió un cerrado aplauso de la concurrencia y un recuerdo unánime del talento que durante tantas tardes había regalado. A la distancia podría interpretarse aquella tarde como la del pasó de mando, el cambio de guardia entre un talento en retirada y otro en ciernes.

La tarde movidita. Didí no andaba con chiquitas y mandaba al frente al equipo a como de lugar. River sacó ventajas rápido con dos impactos de Pinino Más, pero enfrente había un buen Vélez –subcampeón del Metro de 1971- y en un abrir y cerrar de ojos lo empató por medio de Carlos Bianchi y Alberto Ríos. A los 7 del complemento un balde de agua helada cayó sobre el estadio. Ermindo empalmó un voleo de zurda y la clavó en el ángulo del arco del Río de La Plata, dando vuelta el marcador. Fue el momento donde apareció la magia tan mentada. Como tantas otras veces luego.

A los 15, Alonso recibió internado en el área grande, abrió con el empeine zurdo levemente hacia fuera para hacerse el espacio y castigar abajó y al segundo palo del Gato Marín. 3 a 3. A la media hora, Atela volteó a Joaquín Martínez y el juez Mateo sancionó penal. No hubo nervios en el Beto, que acarició el esférico abajó y a la derecha del portero descolocado. Ya era la figura indiscutida de la tarde, pero lo ocurrido a 5 del final dio pié al hincha para pensar que dentro del cuerpo de ese flaquito de Los Polvorines, había un genio inconmensurable. Hubo un tiro libre en la posición ideal del zurdo. Alonso inclinó su cuerpo a 45 grados del suelo y el chanfle salió perfecto, dibujado como por un compás imaginario, viajando justo por encima de las cabezas de la barrera, para meterse en el ángulo mas lejano de un Marín volando para la foto. Alguien inició eso de “Aloooooooonnn, Aloooooooonnn,” que prendió rápido en todos los espectadores esa tarde. Sin saberlo, inauguraba un ritual que duraría más de una década.
Por River fueron Barisio; Jorge Vázquez, Dominichi, Larraigneé y Japonés Pérez; JJ, Merlo y Alonso; Joaquín Martínez, Morete y Más. Luego entró Marchetti En la puerta del túnel, Didí le dio a Alonso un abrazo y una caricia paternal. Ni mas ni menos, el pibe había cumplido con su pedido en la previa del partido: Que juegue como sabía.

Y sabía el pibe. Vaya si sabía.

miércoles, 13 de abril de 2011

EL APOGEO DE UNA ESCUELA

Manchester City (Inglaterra) 3 - 4 River Plate
Amistoso Internacional - 02/02/52.


Saliendo por el túnel de Maine Road una piña helada los estremece. Hace un frío inolvidable y las casacas abotonadas no atajan nada en absoluto. La nieve de la noche ha sido apartada a duras penas del campo de juego, dejando un suelo barroso que se hunde con las pisadas. Es la tarde del 2 de Febrero de 1952 en Manchester. Las tribunas del estadio se difuminan en sus contornos superiores por una espesa bruma que no tardará en convertirse en llovizna. Parados en el círculo central, levanta las manos hacia una multitud indiferente, pero especialmente para un grupito de muchachos que gritan "¡¡Ar-gen-tina!!" desde lo alto. Son los tripulantes del buque Eva Perón, anclada en el puerto ese domingo.
Cuesta recrear las sensaciones experimentadas por el plantel de River esa jornada inolvidable en Inglaterra. Camino al estadio habrán observado boquiabiertos las huellas de centenares de edificios bombardeados al tronar de la segunda guerra. Hay ojeras indisimulables en la delegación producto de la fatiga ya crónica de un viaje demencial. La aventura iniciada en diciembre de 1951 arribaba a su punto culminante trayendo consigo un desafío demasiado seductor: Ganar por primera vez en la tierra de los inventores del fútbol.
De amistoso solo el rótulo. El juego se vende como un choque de estilos, y la clase obrera –sustento popular del City- abarrota las tribunas del viejo estadio. Nadie regala nada. River es consiente del valor histórico de lo que está en juego. La gloria, el reconocimiento, el orgullo. Los ingleses lo hacen para defender lo que ellos todavía consideran una verdad irrefutable: Su dominio mundial en el planeta fútbol. Han escuchado que hace unos años en Argentina existió un equipo al que llamaban La Maquina, y que cambió para siempre los parámetros del juego. Había un clamor popular por redimir esa herida en el orgullo, y esa tarde era su chance.
Pero con la pelota rodando la verdad aflora notablemente. River hace la ilógica y sale directo a la yugular. En 10 minutos ya está 2-0, merced a una ráfaga de Labruna. Los ingleses son más rápidos y más fuertes pero corren detrás del balón como un perrito inexperto. A los 25, Brannagan y Hannaway cargan flojitos ante Vernazza y terminan desparramados en el lodo. Guito esquiva al arquero y se mete con pelota y todo en la valla local. El estupor es inenarrable. Un rato mas tarde descuenta Meadow, pero al baile sigue su curso. A 4 del final Walter Gómez se despega de su marca con un amague, juega la pared con Labruna y define cruzado y bajó para el 4-1. No vuela una mosca cuando suena el pitazo final de la etapa. Nadie lo puede creer.
Para el complemento la historia cambia. Además del City, River juega los 45 finales ante dos rivales inexpugnables. El campo de juego y el árbitro. La cancha, que en el primer tiempo está blanda y despareja, es ahora una ciénaga que se agranda con la llovizna que no cesa. Los locales sienten el apuro de la vergüenza y meten pata en forma desmedida y temeraria. Los ampara Mister Mortimer, juez del partido, que opta por hacerse olímpicamente el pelotudo y juega decididamente a favor del empate de los locales.
El millonario arranca tranquilo, pero pronto se da cuenta que las piernas no le responden. Hay fatiga en los músculos y el barro no ayuda. En esa época no hay cambios, hay que aguantar. A los 10 Clark anota el segundo luego de un centro de Hart, y los locales se vienen al humo. A los 25 hay un borbollón en el área, caen abrazados dos jugadores, se oye un estallido alienado de la gente y el juez marca el esperado penalcito de cortesía. Lo ejecuta Revie y pone el 3-4. Es en ese momento de confusión y euforia rival, cuando aflora la estirpe ganadora de ese gran equipo. Walter Gómez y Loustau se hacen enormes en los veinte finales con el solo hecho de tener el balón en sus pies, enfrían el ritmo, estrujan el reloj. Pacha Yácono, José Ramos y Héctor Ferrari le ponen rigor a sus marcajes, y Amadeo Carrizo ahoga ilusiones descolgando los mil y un centros que caen en el final.
Hay un último intento, un último centro, un último rechazo de cabeza. Hay tres pitazos secos no muy convencidos que se escuchan entre el desencanto. Una treintena de gritos copa el gélido crepúsculo de Manchester. Hay abrazos entre esos 11 hombres conmovidos empapados en fango. Los suplentes de buzos grises, se suman engarrotados al delirio. Alguien ingresa agitando una bandera, es Machín, el masajista. Alguien camina parsimonioso, saludando a los derrotados con respeto y orgullo, es José María Minella, el DT. Alguien, puro en boca y enfundado en un soberbio gabán, baja de las tribunas y se mete en el campo de juego sin empacho de embarrar sus costosos zapatos, es Antonio Liberti, y está exultante.
Carrizo; Ramos y Soria; Yácono, Spada y Ferrari; Vernazza, Prado, Gómez, Labruna y Loustau fueron por River. Trautmann; Brannagan y Hannaway; Paul, Rigby y Phoenix; Hart, Revie, Meadow, Broadis y Clarke lo hicieron por el local. Hoy, el City es propiedad de un magnate multimillonario, que a acumulado un plantel de estrellas para vender camisetas y lavar sus petrodólares. El estadio de Maine Road fue demolido en 2004 y en sus ruinas históricas se erigió un burdo estacionamiento. River sobrevive a los ponchazos una realidad mediocre, añorando años buenos y no tan lejanos. Del partido que le dio el primer triunfo a un equipo argentino en tierras inglesas, solo quedan estos recuerdos imborrables, y un obsequio en forma de pelota, en un lugar privilegiado del Museo del Monumental.
.
VER CAMPAÑA 1952

miércoles, 16 de febrero de 2011

UN PASEO ENTRERRIANO

Atlético Uruguay 0 – 6 River Plate
Torneo Nacional 1984 – 11/03/84.

.
.
Hay que estar muy atentos para percatarse que uno ha pasado al lado del estadio Simon Luciano Plazaola de Concepción del Uruguay. Cercanía al río. Tribunas bajas de tablón, perímetro entapialado, elegante platea social, unas pocas cabinas de transmisión. Si a algún desprevenido le dicen que allí alguna vez jugó River Plate y por los puntos, la respuesta inmediata sería un gesto de desconfianza. Pero lo que dicen que pasó, efectivamente pasó. Los recuerdos mienten un poco, dijo el Indio Solari. Y sobre todo para los fanáticos del “decano” uruguayense que aseguran haber asistido esa tarde al estadio. Varios miles más de los 15.000 que en realidad concurrieron.
A 26 años de ese juego, la visita del millonario a Concepción del Uruguay es un hito en aquellos lados de la baja mesopotamia. Los memoriosos no recuerdan tamaño interés por un partido de fútbol. La cancha se llenó 2 horas antes y había gente hasta arriba de los árboles. En la previa varios suspendieron la vuelta del perro para pasarse por el hotel y poder ver de cerca de los jugadores millonarios, y no son pocos los que atesoran en algún sitio preferencial del álbum de fotos, alguna instantánea con alguna figura riverplatense.
El River que fue a Entre Rios estaba reconstruyéndose. Tras un 83 paupérrimo, la llegada de Luis Cubilla al banco, mas el retorno de Alonso de su exilio velezano y algunas figuras incorporadas –Teglia, Alfaro, Villalba, Pumpido, Borelli-, alimentaban la expectativa de un equipo ganador. La ilusión llegaría hasta la final de ese Nacional de 1984, destrozada a pesados por el Ferro de Griguol. Pero, a esa altura del partido (4ª fecha de la primera fase) la marcha de la banda era sobria y tranquila con dos éxitos ante Huracán y Atlético Uruguay, y una paridad en Río Cuarto ante Estudiantes.
Después de desandar los tortuosos senderos de los regionales mesopotamicos, Atlético Uruguay por fin se había dado el gusto de llegar a la Primera del fútbol Nacional derrotando a quien era uno de sus verdugos por aquellos años, Renato Cesarini de Rosario, y sentando un precedente irrefutable en la histórica y enconada rivalidad de pueblo que alimenta con Gimnasia y Esgrima. Los dirigentes decidieron respetar la base del plantel del ascenso, compuesto unánimemente por jugadores duchos en la plaza zonal pero absolutamente anónimos para el gran contexto, y que no tenían otro objetivo mas que el de hacer un papel decoroso ante los grandes de AFA.
Esa tarde del 11 de marzo de 1984 todo transcurrió en los carriles normales de la lógica. El entusiasmo de los locales comenzó a esfumarse a los 21 minutos del primer tiempo cuando Enzo Francescoli puso el primero. Antes de que concluyan los 45 iniciales, River ya estaba 4-0 por anotaciones de Alfaro de tiro libre, Teglia y Jorge García. En el complemento hubo otro tanto de Roque y hasta un exótico gol de tiro libre del Tolo Gallego. Evidentemente la tarde daba para todo.
Por River Plate fueron Nery Pumpido; Eduardo Saporiti, Alfredo De los Santos, Cacho Borelli y Jorge García; Enzo Francescoli (de 8), Américo Gallego y Roque Alfaro; Alberto Bica, Enrique Atanasio Villalba y Daniel Teglia. Posteriormente entraron Vasco Olarticoechea y Chino Tapia. El local alineó a Cáceres; Ayala, Cueno, Gómez y Sturm; Mosca, Alberto Martínez y Velásquez; Hugo Umpiérrez, Mario Wurtz y José Luis Martínez. Arbitró el partido Ricardo Calabria.
En la catedral de Concepción del Uruguay descansan los restos del General Justo José de Urquiza. Y en la memoria del pueblo uruguayense descansa muy vivo el recuerdo de esa tarde de fines de verano del 84, y del aplauso cerrado con la que el publico despidió a los equipos en el viejo estadio del decano. A River por haber paseado su grandeza en el suelo entrerriano y Atlético Uruguay por ser hidalgo y digno ante una superioridad tan abrumadora.