El título va textual para graficar el verdadero poder una frase exacta, dicha en el momento
preciso y en la adecuada circunstancia. Resulta fascinante imaginar a Borocotó
(Ricardo Lorenzo Rodríguez, uruguayo, periodista de El Gráfico) yendo hacia la
redacción de su revista buscando las frases justas para describir en una
crónica la demostración que acababa de presenciar. Podría haber figurado un
ballet clásico, o un jardín florido, o un veneno letal. Pero no. Eligió una máquina
como metáfora, algo que suponga perfección, fortaleza, modernidad. Borocotó no
lo sabía, pero estaba poniéndole nombre artístico a un pedazo de historia del
fútbol mundial.
La vieja
cancha de Chacarita en Villa Crespo estaba en la calle Humboldt al 300, al lado
del estadio de Atlanta. Las separaba un alambre y una calle, y tan cerca
estaban que en los partidos importantes la gente ocupaba la parte alta de la
tribuna bohemia para ver el partido en el reducto de al lado. En esa tarde del 7
de junio del 42 ocurrió una de las más altas funciones de La Máquina que se recuerden.
Toques irreverentes, gambetas indescifrables, paredes supersónicas, goles
impecables, rivales que la veían pasar. Fue un 6-2 (2 Angelito, 2 Adolfo, el
Charro y Emanuelli en contra) que mereció ser una docena. Moreno descosió el
cuero como siempre, de puro ególatra que era, y también para desmentir sus 4
horas de sueño. Pedernera el estratega más perfecto, Muñoz el wing del demonio,
Labruna el apellido del gol. Cuando caía el sol porteño un estruendoso aplauso
cerrado nació de las tribunas y bajó por los tablones. A esos 11 hombres que
arrancaron la jornada bajo insultos no les quedó otra que saludar y retribuir
la admiración. Pocos habrán percatado en ese instante el bajar presuroso de los
escalones de un anonadado periodista, que ya llevaba en su cabeza la idea de
plasmar en la perpetuidad del papel el nombre de esa maravilla






