El Hotel El Mirador es tan austero como la
localidad que lo cobija. Mar Chiquita. Hay un solo televisor en el hall y un único teléfono en la oficina de recepción. Se llega por la Ruta 11, adentrandose luego hacia la izquierda por unos dos kilómetros de pavimento austero. Son las 19:30 del viernes 29 de
enero de 1993. River acaba de concluir el último entrenamiento de su
pretemporada y retorna a la posada para descansar y esperar el partido del día
siguiente ante San Lorenzo en Mar del Plata y luego el ansiado retorno a Buenos
Aires tras 17 días de castigo en los médanos. A mitad de camino hay un pequeño
puente que cruza el arroyo El cangrejo que separa en dos mitades el pueblo. Es allí,
camuflados en el papel de solitarios pescadores, donde 4 ojos fisgoneaban el
paso del colectivo con el plantel millonario, era la señal que esperaban para dar
el zarpazo que tanto habían tramado. Había en sus mentes sed de poder y de
revancha. La coyuntura deportiva del momento –Boca campeón tras 11 años,
Comizzo borrado sorpresivamente del plantel- lo propiciaba.
Una hora más tarde, una vetusta camioneta
Dodge azul aparca en el hostal. Bajan raudamente 2 personas envalentonadas por
la inconciencia, el alcohol y alguna otra cosa más. Sobrevienen cinco minutos
de terror. Uno de ellos lleva una manija de crique en la mano, el otro una
filosa navaja. El profe Pizzarotti y el utilero Carlos Peralta son los
desafortunados en recibirlos en el hall. Ligan duro y parejo. El tumulto aplaca
el eterno relax de un lugar simple y familiar. José Miguel y Daniel Passarella,
que charlan sentados en el comedor, salen al rescate. Rapidamente, el entonces
entrenador, pasa a ser foco exclusivo de los maleantes. “Passarella hijo de
puta, poné a Comizzo”. Un navajazo revoleado tajea el ocaso y abre la oreja
izquierda del Kaiser. Hay estupor. Un segundo de duda permite que Pizzarotti, en
un enorme acto de valentia, tome por la espalda a uno de los facinerosos hasta
caer juntos al suelo. Más joven, más fuerte, y más sacado, el barra se
incorpora primero y tiene a merced del puntazo al veterano profe. Un instante
antes del ataque letal una voz conocida le frena el brazo en medio del
recorrido. “Pará Sandokán!!!, que vas a hacer?!!!”. Era el Tolo Américo
Gallego. Los delincuentes comprenden que es el momento de la retirada y
rápidamente se pierden en las sombras de la noche.
“Sandokán” era el nombre de guerra de Miguel
Alejandro Cano, un pesado que supo conocer el verdadero poder de la barra en
los tiempos de Hugo Santilli, pero que había sido apartado de las altas esferas
del paravalanchas conforme al cambio de dirigencia de principios de
los noventa. Buscaba volver al reinado perdido y –de paso- lavar una afrenta
personal que le lesionó el orgullo de matón, cuando el 26 de julio de 1991,
Daniel Passarella lo echó a las piñas de la concentración del Monumental, tras
una visita nocturna a los jugadores para pedir guita y entradas.
Cano era changarín y alquilaba una piecita
de hotel en la zona de Villa Martelli. No son pocos los que juran haber
escuchado de su boca aquello de que un día de estos iba a “matar a Passarella”,
en medio de charlas beodas rememorando sus días de gloria al comando del hampa.
De aquellas épocas provenía su amistad con Ismael Guassardo, su compañero de
correrías en aquella jornada balnearia. A Guassardo le decían Melena y la
leyenda del tablón cuenta historias inverosímiles de sus enormes pelotas a la
hora del aguante, pero que lo describian como bastante desequilibrado como para
arribar a la mesa chica de los bravos, allí donde no solo se debe poseer
vocación para la rosca sino frialdad para el negocio y la estrategia.
La repercusión del altercado cobró
velozmente alcance nacional y la
Policía no tardó en caerles. Se habló de penas duras, de
medidas de fondo, de punto de inflexión, de “basta de violencia”, bla, bla,
bla. Finalmente pasó lo que se suponía iba a pasar. Cano y Guassardo fueron
condenados y cumplieron penas de 8 y 6 meses de prisión y todo se olvidó con el
retorno del campeonato Cuando volvieron a la luz la historia ya había cambiado.
Passarella al poco tiempo se fue de Núñez rumbo a Ezeiza, y la barra, gradualmente
fue reemplazando sus fichas conforme al crecimiento descontrolado de la
maquinaria de violencia, extorsión y pillaje que conocemos hoy. Sandokan y
Melena son eslabones de una prolongada cadena forjada con dinero y sangre,
donde hasta el propio Passarella (el mismo que alguna vez le plantó lucha a trompada limpia) es responsable de no erradicar y detener.






