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miércoles, 1 de agosto de 2012

"MATAR A PASSARELLA"


   El Hotel El Mirador es tan austero como la localidad que lo cobija. Mar Chiquita. Hay un solo televisor en el hall y un único teléfono en la oficina de recepción. Se llega por la Ruta 11, adentrandose luego hacia la izquierda por unos dos kilómetros de pavimento austero. Son las 19:30 del viernes 29 de enero de 1993. River acaba de concluir el último entrenamiento de su pretemporada y retorna a la posada para descansar y esperar el partido del día siguiente ante San Lorenzo en Mar del Plata y luego el ansiado retorno a Buenos Aires tras 17 días de castigo en los médanos. A mitad de camino hay un pequeño puente que cruza el arroyo El cangrejo que separa en dos mitades el pueblo. Es allí, camuflados en el papel de solitarios pescadores, donde 4 ojos fisgoneaban el paso del colectivo con el plantel millonario, era la señal que esperaban para dar el zarpazo que tanto habían tramado. Había en sus mentes sed de poder y de revancha. La coyuntura deportiva del momento –Boca campeón tras 11 años, Comizzo borrado sorpresivamente del plantel- lo propiciaba.
   Una hora más tarde, una vetusta camioneta Dodge azul aparca en el hostal. Bajan raudamente 2 personas envalentonadas por la inconciencia, el alcohol y alguna otra cosa más. Sobrevienen cinco minutos de terror. Uno de ellos lleva una manija de crique en la mano, el otro una filosa navaja. El profe Pizzarotti y el utilero Carlos Peralta son los desafortunados en recibirlos en el hall. Ligan duro y parejo. El tumulto aplaca el eterno relax de un lugar simple y familiar. José Miguel y Daniel Passarella, que charlan sentados en el comedor, salen al rescate. Rapidamente, el entonces entrenador, pasa a ser foco exclusivo de los maleantes. “Passarella hijo de puta, poné a Comizzo”. Un navajazo revoleado tajea el ocaso y abre la oreja izquierda del Kaiser. Hay estupor. Un segundo de duda permite que Pizzarotti, en un enorme acto de valentia, tome por la espalda a uno de los facinerosos hasta caer juntos al suelo. Más joven, más fuerte, y más sacado, el barra se incorpora primero y tiene a merced del puntazo al veterano profe. Un instante antes del ataque letal una voz conocida le frena el brazo en medio del recorrido. “Pará Sandokán!!!, que vas a hacer?!!!”. Era el Tolo Américo Gallego. Los delincuentes comprenden que es el momento de la retirada y rápidamente se pierden en las sombras de la noche.
   “Sandokán” era el nombre de guerra de Miguel Alejandro Cano, un pesado que supo conocer el verdadero poder de la barra en los tiempos de Hugo Santilli, pero que había sido apartado de las altas esferas del paravalanchas conforme al cambio de dirigencia de principios de los noventa. Buscaba volver al reinado perdido y –de paso- lavar una afrenta personal que le lesionó el orgullo de matón, cuando el 26 de julio de 1991, Daniel Passarella lo echó a las piñas de la concentración del Monumental, tras una visita nocturna a los jugadores para pedir guita y entradas.
   Cano era changarín y alquilaba una piecita de hotel en la zona de Villa Martelli. No son pocos los que juran haber escuchado de su boca aquello de que un día de estos iba a “matar a Passarella”, en medio de charlas beodas rememorando sus días de gloria al comando del hampa. De aquellas épocas provenía su amistad con Ismael Guassardo, su compañero de correrías en aquella jornada balnearia. A Guassardo le decían Melena y la leyenda del tablón cuenta historias inverosímiles de sus enormes pelotas a la hora del aguante, pero que lo describian como bastante desequilibrado como para arribar a la mesa chica de los bravos, allí donde no solo se debe poseer vocación para la rosca sino frialdad para el negocio y la estrategia.
   La repercusión del altercado cobró velozmente alcance nacional y la Policía no tardó en caerles. Se habló de penas duras, de medidas de fondo, de punto de inflexión, de “basta de violencia”, bla, bla, bla. Finalmente pasó lo que se suponía iba a pasar. Cano y Guassardo fueron condenados y cumplieron penas de 8 y 6 meses de prisión y todo se olvidó con el retorno del campeonato Cuando volvieron a la luz la historia ya había cambiado. Passarella al poco tiempo se fue de Núñez rumbo a Ezeiza, y la barra, gradualmente fue reemplazando sus fichas conforme al crecimiento descontrolado de la maquinaria de violencia, extorsión y pillaje que conocemos hoy. Sandokan y Melena son eslabones de una prolongada cadena forjada con dinero y sangre, donde hasta el propio Passarella (el mismo que alguna vez le plantó lucha a trompada limpia) es responsable de no erradicar y detener.

miércoles, 2 de mayo de 2012

HISTORIA DE UN PASE COMPLIDADO


-“Cuanto quiere por él, Mateo”.
-“Y, mire Don Rafael, el chico está cotizado, lo quieren Peñarol, Nacional y de afuera también. Nosotros necesitamos el dinero pero no vamos a regalar el patrimonio. Yo no puedo hablar de cifras todavía, pero vaya pensando en 600.000 dólares”.
-“Mire, yo creo que tenemos que poner voluntad de ambas partes. River le ofrece 100.000 más los pases de dos chicos jóvenes: Claudio Cabrera y Omar Alegre”.
-“No Rafael, si le digo eso a mis pares me matan… nosotros vamos a evaluar lo de los jugadores, pero en cuanto al dinero, va a tener que subir la cantidad. Y mucho”.
   El diálogo trascripto ocurrió en Montevideo el 18 de febrero de 1983 y tuvo como protagonistas a Mateo Giri, Presidente de Wanderers de Uruguay y Rafael Aragón Cabrera, mandamás de River Plate. Fue el primer contacto formal entre ambas instituciones por la venta de Enzo Francescoli. El Príncipe debutaría con la banda roja recién el 24 de abril de ese año. En el medio hubo 65 días de arduas negociaciones que pusieron a esta transacción a la altura de las más complejas en la historia millonaria.
   La llegada de Enzo a River comenzó a gestarse en el verano de 1982, en el restaurante Forte di Makale en Punta del Este. Ernesto Hosmani, integrante del Consejo de Fútbol, estaba allí con el propósito de convencer a Norberto Alonso de su decisión irrevocable de dejar River por su pelea con Alfredo Di Stéfano. Comía cuando escuchó por primera vez ese apellido extraño. “Andate a verlo. Juega en Wanderers, es un crack”. Hosmani fue y se volvió loco, por el talento del flaquito y por saber vía allegados del origen decente de una familia bien constituida como la de los Francescoli. Le taladró la cabeza durante largas semanas a un Aragón que no quería saber nada de gastos exorbitantes en momentos donde medio plantel estaba en pié de guerra, pero acabaría instalando la idea de que tarde o temprano, la banda iría por él.
   Un año más tarde, después de varias reuniones en ambas riberas, los números mas o menos se habían acordado. Serían 310.000 dólares limpios para Wanderers más el 20% de la diferencia entre el precio de compra y el de venta en una futura transferencia. Había un solo problema: River andaba corto de efectivo. Propuso entonces pagar 50.000 en el acto y el resto en dos cuotas (agosto del 83 y marzo del 84) avaladas por el Banco de Nápoles con el dinero de la venta de Ramón Díaz. Ya Francescoli había viajado a Buenos Aires para arreglar los términos de su contrato a la espera de la aprobación del pase en asamblea de socios. Era, aparentemente, una formalidad.
   Pero los socios bohemios pusieron el grito en el cielo. El incumplimiento de pago por la venta de Ariel Krasowsky a Boca años antes los hacía sospechar. Enzo observó expectante como las dos horas de deliberaciones en la cancha de paleta del club concluyeron con una votación (88 a 65) que denegó la venta, al menos hasta que se cambien las condiciones de pago y se revise la cláusula del 20% de la futura venta. “No hay problema por eso” bramó Aragón Cabrera al día siguiente. “River no lo compra para venderlo”, al tiempo en que se comprometió a cancelar el pago antes del cierre de 1983. Hubo así una segunda asamblea que terminó aprobando el nuevo precontrato. “Ha sido la negociación mas complicada de mi vida dirigencial. Parecía que la gente de Wanderers quería quedarse con la plata y con el jugador”, exclamó Aragón cuando le dieron la buena nueva. Pero las trabas no habían concluido. Cuando todo estaba dispuesto para la firma del contrato, sobrevino la caída de los avales del Banco de Nápoles. Fue el momento de la aparición del héroe inesperado de esta novela.
   Francisco Ríos Seoane (el ex Presidente de Deportivo Español, un oscuro personaje sobre el que pesan varias acusaciones de estafas, defraudación, administración fraudulenta, calumnias, injurias, lesiones y hasta un homicidio), era amigo de Aragón Cabrera por contactos comerciales y por afinidades de  colectividad. Llegó un día a las oficinas de Rafael y lo vio apesadumbrado por la baja del Banco de Nápoles. “Deja que yo te lo soluciono”. Discó varios números de teléfonos, habló con un par de directivos de las altas esferas del Banco de Santander de Montevideo, y en dos horas consiguió los avales. Muchos dicen que lo que en realidad pretendía el supergallego no era destrabar la negociación, sino saltar a los primeros planos del fútbol argentino, y que necesitaba un certero golpe de efecto. Como sea, ambas cosas sucedieron.
   El 21 de abril de 1983, dos meses y cinco días después de haber comenzado las tratativas, Enzo Francescoli ponía al fin la rúbrica en el contrato que lo ligaba a River Plate. Todavía tendrían que pasar varios meses grises hasta que la historia de amor interminable comience a tomar forma.

jueves, 23 de febrero de 2012

VIVO Y DIRECTO


El 17 de octubre de 1951 fue el último Día de la Lealtad para Evita. Su voz, valiente y ensayada, escondía no con mucha efectividad una profunda angustia por saber perdida la batalla contra su cuerpo. Tras ella y de cara a un mar de cabecitas explotando la Plaza de Mayo, un estrambótico aparato con la leyenda de Canal 7 capturaba su discurso para que sea visto al mismo tiempo por un grupo de pocos privilegiados lejos de allí. Ambos estaban haciendo historia. La leyenda escribía su epitafio en vida, mientras la televisión nacía en nuestro país, justo a tiempo para dejar constancia.
Hoy y siempre, televisión, política y fútbol se ayudaron y correspondieron cuando se necesitaron. Son hermanos de sangre, hijos de la misma pasión popular que los ha trascendido. No fue de extrañar entonces que luego de Perón y Evita, la segunda transmisión importante en nuestro país haya sido un cotejo de Primera División. Hasta entonces, el fútbol en la caja mágica solo existía en los memorables reportes de Sucesos Argentinos, que mostraba de a puchitos el match mas importante de la semana. Todo cambió de pronto, y allí estaba River, como también lo estaría casi 40 años luego, cuando la AFA inauguró ese fabuloso negocio llamado Televisión Codificada.

El alma mater de la criatura fue Jaime Yankilevick, un inmigrante búlgaro llegado al país en los años 20. De su cabeza salieron las primeras ideas que alentaron la aventura de la TV en Argentina. Fue él quien trajo los equipos desde Estados Unidos con los que se montaron las primeras transmisiones. El desafío asomaba quijotesco, no solo por la dificultad propia de un evento en vivo, sino porque la plaza de televisores reducía enormemente la cantidad de hipotéticos receptores. La inexperiencia del personal en estas producciones fue suplida con una inclaudicable voluntad por tapar los agujeros que minuto a minuto fueron surgiendo.

Minutos antes del pitazo inicial del juez británico Robert Cross, Ernesto Veltri dio la bienvenida a la transmisión formal. Veltri era todo un personaje de esos años, y se había dedicado al relato deportivo previa incursión como cantante de tangos durante buena parte de la década del 40 bajo el nombre artístico de Néstor Del Campo. A su lado estaba el ya veterano Enzo Ardigó, un uruguayo símbolo del periodismo radial de todos los tiempos, aportando la claridad conceptual que lo distinguió por años en el comentario deportivo.
3 cámaras fueron dispuestas en la platea oficial del Gasómetro de Boedo. Una a la altura del círculo central y las dos restantes a ras del piso en línea a ambas áreas. Estaban conectadas al camión de exteriores que llevaba la señal a los receptores. Nicolás Del Boca (papá de la actriz Andrea Del Boca) fue el tipo más ocupado de la tarde. A su cargo estaba la función de asistente, pero un imprevisto del cameraman lo obligó a quedar al mando de uno de los aparatos. Su pánico e inexperiencia lo llevaron a distraerse un instante y así perderse de filmar el primer gol del partido, convertido por el Sanjuanino Maravilla.
La manija periodística de este hecho histórico hizo que no se hable de otra cosa más que del partido en los días previos. Unos 35 grados centígrados martillaban el Wembley Porteño ese domingo 18 de noviembre de 1951. Muchedumbres colmaban Avenida La Plata y Las Casas, pugnando por ser parte de las casi 60.000 personas que esperaban un partido anunciado como clave. El River de Minella debía ganar para igualar en la cima de la tabla al sorprendente Banfield que en esa 33ª fecha quedaba libre, pero se quedó apenas con un empate agridulce. Faltando 15 minutos para el cierre, luego de un penal dudoso de Oscar Basso a Ángel Labruna, Santiago Vernazza lo empató fusilando a Blazina con uno de sus habituales remates de derecha. Lo festejó sin coreografías para la cámara, apenas levantando la mano y volviendo al circulo central. No era de buen colega festejar un gol de penal.
Carrizo; Ramos y Soria; Yácono, Venini y Ferrari; Vernazza, Pizutti, Gómez, Labruna y Loustau vistieron la banda. Blazina; Martínez y Basso; Cívico, Zubieta y Fontana; Picot, Maravilla, Benavídez, Farro y Silva usaron la azulgrana. Se desconoce a ciencia cierta que cantidad de personas vivieron las incidencias del partido desde la TV. Se supone que existían en Buenos Aires en ese tiempo unos 1300 receptores, que eran en efecto, un artículo de super lujo, solo habitual en las casas de potentados o en algunos bares y restaurantes de alta clase. Una cosa es segura. Con mucho o poco rating, la televisión había llegado al fútbol para quedarse.

A los 15 minutos del primer tiempo, José Cristóbal Maravilla cabeceó al gol un centro de Ernesto Picot. Con Carrizo indefenso, al seguro trayecto del balón a la red se interpuso el volante de River Héctor Ferrari quién con una providencial chilena mandó la pelota afuera en la misma línea de sentencia. Hubo protestas y dudas que concluyeron finalmente 7 minutos después con la convalidación del tanto por parte del juez. El incidente quedó como una simple anécdota recordada por los pocos testigos vivos del evento.
Imagínense esa jugada hoy en día, con 20 cámaras estratégicamente ubicadas, alimentando el show de polémicas, telebines y discusiones baratas a lo largo de toda una semana. Con periodistas pidiendo cortes de cabeza a árbitros y líneas por un margen de error de 5 centímetros. A nadie se le hubiera cruzado por la cabeza hace 60 años. La tecnología mejoró la vida de las personas, lamentablemente no pudo hacer mucho por el buen gusto de las mismas.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

LOS VASQUITOS EXILIADOS


Puede llegar a pensarse que la lucha de la Patria Vasca es una lucha perdida. Pero nadie más que ellos sabe que una lucha definitivamente se pierde cuando se la abandona. Este texto no es una apología separatista ni una reivindicación del derecho que tienen los pueblos a escribir su historia como mejor le plazca. Aunque si así es tomado, la idea tampoco disgusta.
Euzkadi comprendió desde hace largo tiempo que el deporte –y el fútbol- eran instrumentos poderosos para hacer notar reclamos de autonomía. Los seleccionados del País Vasco (y el de Cataluña también) cargaron siempre con ese mantra de ser herramientas políticas para un objetivo independentista. Y lo fueron mucho más aún, en los peores momentos de la historia.
Con la Guerra Civil Española en marcha. El Lehendakari (Presidente) José Antonio Aguirre decidió la conformación de un seleccionado de vascos para girar por Europa con un doble objetivo: Lograr fondos para la defensa de la Segunda República, y hacer conocer en todo el viejo continente los valores de sus ancestrales reclamos de Nación. El legendario equipo se conformó con las mejores figuras nacidas en aquellas tierras, que además, varios de ellos eran de los máximos exponentes del fútbol de España. Cuando Bilbao cayó en manos franquistas, la Euzkal Selekzioa de vio forzada a cruzar el Atlántico para seguir blandiendo su estandarte. Jugaron en México y en Centroamérica hasta que la noticia peor (la caída Republicana) inició una diáspora entre sus jugadores. Varios de ellos optaron por el exilio y seguir en tierras americanas su carrera deportiva. Isidro Lángara y Ángel Zubieta hicieron punta en nuestro país y dejaron grabado a fuego su nombre en la historia de San Lorenzo de Almagro. No fueron los únicos. River Plate arrimó a sus filas a tres integrantes de aquella mítica Selección. Ninguno de destacó demasiado, pero a su modo, también quedaron en la historia.
Leonardo Cilaurren (Bilbao. 5/12/12) fue el pionero vasco en Núñez. Jugó las temporadas del 39 y el 40. Debutó el 23 de julio de 1939 en un 2-1 sobre Chacarita en el Monumental. En total jugó 18 partidos anotando 3 goles. Era un volante central corpulento y estratégico. Tapado por Pepe Minella, recién tuvo un poco de continuidad cuando los profesionales entraron en huelga tras una sanción a José Manuel Moreno. En 1940 el húngaro Platko lo colocó de titular en un puesto que no era el suyo y lo terminó de quemar. Había sido gran figura en Athletic de Bilbao y hombre de Selección Española en 14 cotejos. Tras River, jugó dos temporadas en Peñarol de Montevideo y volvió a México para cerrar su carrera en el Real Club España, donde fue compañero –de equipo y de juerga- del propio Charro. Enfermó gravemente y retornó a España para morir a los 57 años en diciembre de 1969.
Una detalle curioso introdujo para siempre a Gregorio Blasco (Mundaca. 10/5/09) en la historia del fútbol Argentino. Fue el primer arquero en usar guantes en nuestro país. Lo hizo el 6 de junio de 1940, el día de su debut en la valla millonaria ante Banfield. Había arrancado la temporada como suplente de Antonio Rodríguez, pero los malísimos resultados de la era Platko obligaban a modificaciones. Sus partidos en River -18 consecutivos- coincidieron con un enorme repunte en el juego del equipo. Dicen que fue uno de los mejores arqueros de España de su tiempo. Ganó Ligas y Copas con el Bilbao y los siguió ganando en México a su retorno de su excursión Argentina. Afincado en el DF murió el último día de enero de 1983.
La historia de Serafín Aedo (Baracaldo. 11/11/08) en River es tan fugaz que hay que afinar el ojo para poder observarla. Solamente jugó 2 partidos, un 2-0 ante Central en Núñez el 5 de mayo del 40 y en un 2-5 ante Newell’s en el Parque a la semana siguiente. En ambos cotejos fue compañero de Leonardo Cilaurrén. Adujo falta de adaptación para retornar inmediatamente a México y alinearse en el Real Club España. Era un zaguero férreo y expeditivo que (paradójicamente) hizo toda su campaña “española” en el Betis de Sevilla. La guerra cortó su pase hecho al Barcelona FC. Tras su retiro continuó su vida en la capital mexicana hasta su muerte, ocurrida en octubre de 1988.
Hay cosas que existen realmente, y a otras cosas que existen cuando algo o alguien determina que así lo es. Euzkadi está a medio camino en esa frontera imaginaria. Historias como ésta servirán para apuntalar esa lucha que terminará con la victoria o que no terminará jamás.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

UN GOL, UNA CASA, Y UN RECORD


El Barrio Kennedy está en la zona Sur de Posadas, justo detrás del jardín botánico “Alberto Roth”, principal pulmón verde de la ciudad. Allí, en la casa 133 vive Don Walter Bogado, un humilde señor septuagenario que guarda en su interior un orgullo difícil de dominar. Esas cuatro paredes que lo cobijan, ese patio al fondo, ese jardincito al frente, son producto del suceso que marcó para siempre su vida: El de haberle convertido un gol a Amadeo Carrizo, el legendario portero de River Plate.
El martes 9 de julio de 1968, River Plate fue invitado a Posadas para participar del partido inaugural del nuevo estadio Rocamora del Club Bartolomé Mitre. Sin tele ni Internet a la vista, los jugadores de River eran para los fanáticos del interior como una especie de deidades mitológicas que llegaban domingo tras domingo a través de los relatos radiales de sus hazañas. Por ello, una interminable caravana embanderada acompañó a la delegación desde su arribo al aeroparque posadeño hasta el Hotel de Turismo. Las modestas instalaciones a inaugurar se desbordaron velozmente y hubo que buscar lugar en las copas de los árboles y en los techos aledaños para poder ver “in situ” las apariciones de Amadeo Carrizo, Ermindo Onega, Roberto Matosas o Pinino Más.
El Gobernador de Misiones Hugo Montiel, asistente del partido, no pudo con su genio de bostero confeso. En la previa del choque bajó a los vestuarios para saludar a los planteles y cuando pasó al lado de Walter Bogado le tiró una frase que le detuvo el corazón: “Si le hacés un gol a Carrizo, el miércoles tenés una casa”. A los 17 minutos del primer tiempo “bogadito” cumplió su sueño de cortar para siempre su vida de inquilinato. Recibió un centro en el área, vio como Carrizo lo achicaba con toda su gloria a cuestas, pero alcanzó a esquivarlo para luego definir con la valla descubierta. Nadie sabe que cosas habrán pasado por su cabeza en el momento del festejo. Lo cierto es que tras los gritos y los abrazos, Bogado cayó al césped por unos segundos, desvanecido.
Al miércoles siguiente, un señor impecablemente vestido preguntó por Bogado en el trabajo. Un auto lo esperaba en la puerta y en él se dirigieron a la zona sur de Posadas. Al bajar lo esperaban su mujer, sus tres hijos, el Gobernador Montiel y el Ministro de Obras Públicas Ramón Mariani para entregarle las llaves de su flamante casita. Le dijeron “Solo tenés que pagar durante un año, el 1% del valor. El resto es todo regalo por el gol”. Apenas un gol como cualquiera. Pero no cualquier gol.
River puso en Posadas lo mejor que tenía y apenas arrancó un empate 2-2. Jugaron Carrizo; Morcillo, M.A. López, Guzmán y Chávez; Recio, Matosas, Solari y Ermindo; Daniel Onega y Más. Al gol de Bogado le siguió el empate de Daniel. En el complemento un tal Lorenzo Ríos puso el 2-1 y a 6 del final, Jorge Recio estampó el empate definitivo.
Otro detalle sensacional corona el gol del paraguayo Bogado. A los 41 años, Amadeo Carrizo había mantenido invicta su valla en los únicos 8 partidos que había jugado en el año (Central, Tigre, Huracán, Chacarita, Argentinos, Boca, Gimnasia e Independiente), y se encontraba a 21 minutos de doblegar el record de imbatibilidad en poder de Antonio Roma, cosa que efectivamente lograría el 14 de julio ante Vélez en el Amalfitani. El gol de Bogado no posee valor estadístico oficial. De haberlo tenido, Amadeo hubiese quedado a 4 minutos de la marca y no sería Carlos Bianchi el verdugo que finalizó su record.

jueves, 28 de julio de 2011

EL QUE LAS HACE LAS PAGA


Tantas veces se habló de los partidos de la “vieja Copa Libertadores” que suena a mito lo que allí ocurría. Partidos infestados de violencia, superchería, e ilegalidades. Burbujas en el tiempo, con climas de guerra prefabricados, nacionalismo exagerado, aplacador de humos de compadrito, donde el vale todo era ley, y donde el que se imponía, lo hacía por matón y no por mejor. El imaginario popular (y varios ejemplos comprobados en la historia) han puesto a River mas en el rol de víctima que de victimario, pero el evento que se describirá a continuación demuestra que todos tenemos un muertito en el placard.
La noche del miércoles 18 de mayo de 1966, River Plate y Peñarol de Montevideo jugaron la revancha de la final de la Copa Libertadores de América. El sábado previo, los carboneros habían ganado el primer chico jugado en el Centenario bajo un clima tenso pero inobjetablemente legal. No había muchas opciones para River esa noche. Debía ganar para forzar un desempate a tercer partido en lugar aún a confirmar. Había una enorme presión por cortar la racha negra de -por entonces- 9 años sin títulos, y ese ganar sí o sí, se transformó en ganar como sea. En el medio hubo un espectáculo bochornoso.
Las irregularidades estuvieron a la orden del día. Las dirigencias habían acordado hacerse cargo de los respectivos operativos logísticos cuando les tocase ser local, entre ellos, el traslado al estadio. Peñarol aguardó por horas en el hotel un colectivo que nunca llegó. Tuvieron que levantar el dedo a los taxis en la avenida para llegarse de a 4 o 5 al estadio. Llegaron minutos antes de la hora fijada. Caminaron 4 o 5 cuadras entre la gente. Entraron al campo sin precalentar, algunos jugadores incluso, con la indumentaria a medio colocar.
Ya el Monumental (todavía con populares en todo el anillo superior) reventaba con casi 90 mil personas, más el desaguisado de otras 5000, ubicadas dentro de la cancha en tribunas tubulares sobre la pista de atletismo, a la inglesa, a metros de la línea de cal. Los límites los ponían un cordón de policías que no se esmeraban mucho por guardar la compostura. Amedrentar era la consigna, sugestionar era la prioridad. El equilibrio de la cordura era muy volátil. La premeditación y la desidia se daban la mano, ganar era lo único y a cualquier precio.
A la hoguera la avivó aún más un partido no apto para cardíacos. Promediando el primer tiempo, Viéytez bajó a Spencer y el uruguayo Codesal (en Montevideo había arbitrado el argentino Roberto Goicoechea) marcó penal relojeando a los cuatro costados. Las protestas provocaron un tumulto de al menos 50 personas dentro del campo. Pedro Rocha cobró el castigo con gente aún en retirada y tuvo que volver a ejecutarlo. Amadeo Carrizo se jugó a la izquierda y contuvo a medias. El mismo Rocha tomó el rebote y marcó el primero.
Sobre los 38 Ermindo Onega capturó un rebote tras un centro de Solari y empató el juego. El estadio estalló rabioso. Los intrusos invadieron nuevamente para festejar. Uno de ellos pasó corriendo frente al arco de Mazurkiewics y volvió a mandar la pelota adentro de un puntazo. Pablo Forlán (papá de Diego, zaguero central esa noche) jura que uno de ellos le pegó un puntapié en el tobillo mientras lo insultaba de arriba abajo.
Ya en el complemento el desmadre siguió su curso inalterable. La garza Guzmán reventó de un patadón al pardo Abbadie y vio la roja. Minutos después una contra letal del manya culminó con Alberto Spencer definiendo mano a mano con Carrizo. Con la derrota inminente sobrevoló un presagio funesto sobre la maltrecha integridad del espectáculo. Pero River sacó un manotazo de ahogado y a fuerza de coraje revirtió la historia. Lo empató con un cabezazo de Sarnari y lo ganó con un toque de cachetada de Daniel Onega en el primer palo.
Hace falta relatar lo que fue el final del partido?. Como muestra del manicomio queda la instantánea que ilustra el post, que da risa y da miedo al mismo tiempo. Un par de oficiales de policía que entraron blandiendo los puños a colgarse de Ermindo al cierre de una noche en la cual se sobrepasaron todos los límites. Peñarol volvió (en micro) al Hotel Alvear y allí descargaron su bronca a las piñas ante un grupo de hinchas de River que pasaron a cargarlos. Se juraron venganza y la tuvieron dos días mas tarde, en esa jornada aciaga e inexplicable en Santiago de Chile. El millonario tuvo que tragarse varios sapos en su historia copera, pero esa noche de Núñez se probó el traje de vergudo pendenciero, una ropa indigna de su historia gloriosa. Así lo hizo, y así lo pagó.

martes, 10 de mayo de 2011

EL FAMOSO DOPING DE CENTURIÓN


Camiseta roja arremangada, pantalones rojos, medias blancas. Ramón Miguel Centurión le estrechó la mano a un adversario, se secó la transpiración de la frente y levantó los brazos en saludo de despedida. Tibios aplausos bajaban desde las tribunas cubiertas en forma discreta. Habrá descendido los escalones del túnel comentando el partido, satisfecho por la victoria. Alguien le habrá avisado “Te tocó el antidoping”, y se habrá ofuscado apenas, más por la molestia de ese trámite engorroso que le demoraría más de la cuenta la ducha reparadora y el encuentro con los suyos. Se habrá ido del Monumental escuchando algún grito de ánimo y algún pedido de autógrafo. Jamás se le habrá cruzado por la cabeza que nada mas en su carrera volvería a ser igual.
El 24 de agosto de 1986 River Plate le ganó a Temperley 3-1 (2 de Alonso y Ruggeri) por la 7ª fecha de la Temporada 1986/87. Días más tarde, una bomba surgida en el seno de AFA explotó en Núñez. Ramón Centurión había dado positivo de altas dosis de metanfetamina en su control antidoping. La suspensión que le cabría sería de un año sin jugar. El tiempo fue poblando de enigmas un caso que dejó para toda la historia al goleador sucio como una papa. No debe ser lindo que todo el mundo te llame falopero, sobre todo si uno se considera inocente. Tal vez por eso, y con las ataduras de la propia censura aflojadas por los años, es que Ramón se animó a confesar su verdad. Aquella que dice que a la droga se la pusieron, y quién lo hizo fue un compañero de plantel.
Centurión jamás confesó oficialmente –y tal vez nunca lo haga- el nombre del compañero en cuestión, pero nadie duda que hace referencia a Juan Gilberto Funes. Todos los argumentos deslizados en entrevistas son vagos, incomprobables y agarrados de los pelos. Darlos por cierto es cuanto menos irresponsable, sobre todo por la ausencia física de uno de los involucrados.
Las siguientes son algunas frases proferidas por el santafesino referidas a la cuestión: “Por respeto a la familia no doy el nombre, pero a mi me cagó un compañero que tenía que jugar”. “Yo fui al doping con Alzamendi, ¿Te pensás que si no estaba limpio hubiera ido?, si por no presentarte al control de daban 4 partidos”. “Nadie cambió los frascos ¿Qué pasó?, y… Cuando termina el primer tiempo, a vos te tiran una botella con agua y la agarrás. ¿Qué sabés si el tipo no le había puesto algo al agua? Concentrábamos en River, no en un hotel. ¿Qué sabés si no me puso algo en el agua del mate? Me quiso cagar y lo logró”. “Yo siempre tuve mis sospechas, pero me terminó de cerrar todo el día que escuche algo que se le escapó al Tolo Gallego”.
Según Centurión, Gallego leía un diario cuando se anotició del doping positivo del uruguayo Diego Aguirre, que era compañero del Búfalo en Olympiakos de Grecia. Al saberlo exclamó sin percatarse de la presencia de Centurión: “!Que hijo de puta¡. Debe haber sido … (Funes) otra vez”.
Centurión había arribado a River a principios de 1986. Llegaba de Boca donde había tenido muchos líos con la barra brava. Se acopló rápido a un club con otro estilo e idiosincrasia. La venta de Francescoli le reportó muchos minutos en cancha, que fueron recompensados con goles y buen juego en la Copa ganada en el 86. Era un delantero difícil de clasificar. Tenía habilidad, tenía carácter, repentizaba, era dúctil pero a la vez potente, fuerte de arriba y con buen olfato. Su lugar en el equipo no tuvo discusión hasta la llegada de Funes para la fase final de la Libertadores. El puntano entró con el pié derecho y sus goles en las finales ante América de Cali lo afirmaron como titular e ídolo. Sin embargo tenía en Centurión un competidor fuerte para el puesto. Pasó a Grecia en 1987. Mas tarde volvió a Vélez Sarsfield y estuvo coqueteando con Boca Juniors cuando le detectaron una anomalía cardíaca que lo retiró del fútbol y le quitó la vida en 1992.
El affaire del doping sucedió en la previa del arranque del triangular de la segunda fase de la Copa. Centurión fue suspendido en el torneo local, pero pudo continuar actuando en la Libertadores. Debido a esto, viajó a Japón para preparar el cotejo ante Steaua de Bucarest. Allí le comunicaron que también quedaba descartado para el choque final. Esa fue una de las jornadas mas felices en la historia de River, solo una persona no estaba del todo contenta ese mediodía de Tokio. Ese era Ramón Centurión. Luego del parate volvió e incluso conquistó algunos goles importantes (el 2-1 a Boca en la final de la Liguilla de 1989), pero cargaba sobre sus hombros un peso difícil de soportar. Pasó por Estudiantes de La Plata y se retiró en el club que lo vio nacer. Unión de Santa Fe.
Los argumentos de Centurión podrán o no parecer disparatados. En todo este meollo es bueno consignar un par de datos de la realidad, que en el análisis de los acontecimientos pueden tener una gran trascendencia: Juan Gilberto Funes no jugó esa tarde ante Temperley. Es más, Funes ni siquiera había debutado en River Plate cuando el hecho ocurrió. Lo hizo 27 días después, el 21 de Septiembre, ante Independiente por el torneo local. 4 partidos fue Funes suplente de Centurión en la Copa, recién le quitó el puesto en el famoso desempate ante Argentinos en cancha de Vélez.

miércoles, 30 de marzo de 2011

LA TRAGEDIA DE LA PUERTA 11

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Avanzando por Figueroa Alcorta, a los pies mismos del Monumental, puede leerse claramente una plaqueta de mármol que homenajea a las 71 víctimas de la Puerta 12. Parado frente a ese portón colosal, hiela la sangre imaginar lo que hace tiempo sucedió allí. La placa es efectiva al convocar la memoria, pero tiene una omisión que la deja incompleta. Pocos saben que 24 años antes de esa tragedia, las mismas escalinatas empinadas, los mismos pasillos sombríos, la misma violencia tan nuestra, la misma incompetencia hecha carne, cegaron la vida de 9 tipos jóvenes, que concurrieron a ver un espectáculo y que fueron obligados a bajar rápido de la popular y nunca pudieron llegar a la vereda de la Avenida.
El 2 de julio de 1944, en un Monumental a reventar, River Plate y San Lorenzo se jugaban una parada importante por la punta del certamen de AFA. La Máquina tuvo trabajo extra esa tarde para doblegar al Ciclón por 2-1, habiendo arrancado en desventaja por un gol a los 4 minutos de Rinaldo Martino. Fue un partido charlado y caliente, y que varias veces se fue de las manos del ya veterano Bartolomé Macías, juez del match. A los 33 del segundo tiempo, y tras una jugada dudosa, Adolfo Pedernera puso el 2-1 y fue esta la gota que colmó la paciencia del pueblo sanlorencista, que ya venía susceptible por la no sanción de dos supuestos claros penales en su favor.

Lo que prosiguió luego tiene tantas versiones como intereses existieron. Podría contarse que la historia verdadera (no la oficial) ocurrió mas o menos así: Afiebrados por lo que creían una injusticia, los hinchas de San Lorenzo acometieron con incidentes al cierre del partido. La Policía no se quedó en el molde y, fiel a lo que marca su tradición centenaria, reprimió con virulencia. La gresca motivó un desbande generalizado de espectadores que se apuraron por embocar en las salidas de la popular sin saber que se metían en la trampa. La puerta 11 estaba cerrada y los molinetes aún colocados. Asfixiadas, aplastadas, reventadas, 7 personas murieron en el acto, y otras 2 lo harían con el correr de las horas y los días. Todos tenían una historia que no contemplaba ese final.
El primero en morir fue un chico de Villa Luro de 14 años llamado Vicente Pintado. Iba por primera vez a la cancha. Su caída azuzó el pandemónium. Carlos Latrecchi (17 pirulos) era vecino suyo dos casas de por medio pero no habían ido juntos. La turba lo arrasó. Francisco Enrique y Francisco Fau eran dos muchachos de 15, y excelentes estudiantes en sus respectivos colegios. Rafael De Luca de 26 se había casado el fin de semana anterior. Alberto Ratti tenía 22, era Santiagueño y estaba conscripto en la Marina de Guerra. José Díaz fue la víctima de mayor edad. Apenas 34. Un día mas tarde murió en el Hospital Militar Alberto Martínez (17), tenía el cuerpo desfigurado por múltiples fracturas. 10 días después del domingo fatal, en el Fernández, se iría José Alfredo Del Prado (26), a los pies de su lecho estaba su esposa, con la que se había casado un mes atrás.
En Argentina imperaba la dictadura con Edelmiro Farrell al poder. El golpe militar del 43 estaba fresco y Perón olía su oportunidad. El clima era belicoso e incierto, quizá como producto de la tensión de la Segunda Guerra y la vacilante postura Argentina. La masa comenzaba a animarse a mostrar su descontento y no hay peor cosa para un milico que la gente en la calle. Los uniformados controlaban con la ley del machete, y los medios ayudaban desde la censura o directamente desde la mentira. Solo así se comprende el esfuerzo de La Nación y La Prensa (los principales diarios porteños, Clarín aún no existía) por explicarle a la gente que lo que había pasado era un accidente ocurrido por culpa de los propios espectadores, y no por la inoperancia policial y la negligencia organizativa. La idea surtió efecto, pasaron los días, el silencio se acentuó, al domingo próximo volvió el fútbol y listo, aquí nada a pasado. Hoy a casi 67 años del hecho, una par de cosas quedan claras: Esta fue la primer gran tragedia del fútbol Argentino. También fue la mas silenciada de la historia.

Dicen que una tragedia no ocurre de casualidad. Ni que hablar dos. De los vicios y miserias de la autoridad ni cabe hablar. Son un problema cultural y quizás insoluble. El karma del Monumental siempre fueron sus salidas. No en vano, cuando llegó la hora de la refacción pensando en el Mundial, los arquitectos diseñaron las escaleras caracol, por fuera de la estructura del estadio, para desagotar las tribunas. A todo esto, la plaqueta en la Puerta L todavía está y es bueno que allí siga. Solo que alguien podría subsanar el involuntario error y colocar en el frío mármol el real número de víctimas de aquellas desgracias demasiado parecidas y para nada casuales. 80.


FUENTE DE DATOS: www.lapuerta11.blogspot.com