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miércoles, 5 de septiembre de 2012

RUBENS SAMBUEZA

   Fue en Mar del Plata una noche de enero de 2004. Un gurrumín la pisaba para acá y para allá sin temor ni respeto por tener enfrente suyo a consabidos leñadores como Alfredo Cascini o Rolando Schiavi. El pibe de medias bajas, camiseta afuera del pantalón y rostro con acné, la movía de pié a pié y tiraba caños al amparo de una tribuna que se desarmaba de placer. Era Rubens Sambueza cuya irrupción en Primera merituó bien alto, aún en años donde el salto de jóvenes a la pancarta principal era casi moneda corriente.
   A finales de 2003, River Plate tenía buena parte de su personal ocupado. Los sub 20 (Mascherano, Malevo Ferreyra, Cavenaghi) estaban con la Selección Nacional jugando el Mundial de Emiratos Árabes, y el resto de su plantilla superior tenía apuntados todos los cañones a la obtención de la Copa Sudamericana. Es por eso que en las fechas finales del Apertura 03, Manuel Pellegrini optó por hacer debutar en primera a varios elementos que se destacaban en las inferiores. Aparecieron Luis Lobo, Pablo Frontini, Cristian Nasuti, René Lima, Darío Conca, Federico Almerares y Sambueza, un neuquino de Zapala, con pinta de desfachatado, que le encantaba firuletear haciendo gala de su innegable habilidad.
   Nacido el primer día de enero de 1984, Rubens Omar Sambueza jugó buenos partidos durante la primera parte de la experiencia de Leonardo Astrada. Atacaba en forma punzante, era osado en la gambeta y su buena pegada de zurda solucionó algunos problemas gracias a su precisión (goles a Newell’s en Rosario, a Deportivo Cali en Núñez por la Copa 04, y un tirolibrazo a Junior en Barranquilla en 2005). Pero el empuje de su arranque paulatinamente fue perdiendo fuerza al tiempo en que se demoraba su definitiva explosión. Su juego perdió punch y las lagunas e indisciplinas –otra característica de su estilo- se acentuaron cada vez más.
   Se fue perdiendo en la nebulosa de un presente sin demasiadas certezas. Fue prestado a los Pumas de la UNAM y luego a Flamengo de Río de Janeiro. En ninguno de los dos lados convenció como para que sus dirigentes paguen el precio de su pase. Volvió a Núñez y jugó de la mano de Gorosito un puchito de partidos por la Copa Liberadores de 2009 cuando la gran mayoría del mundo River ya pensaba que su carrera era un caso perdido.
   Pero debe ser verdad aquello de que todos tenemos un lugar en el mundo, y para Sambueza, México debe ser ese lugar. Adquirido por el Estudiantes Tecos a mediados del 09, comenzó a jugar con continuidad y su rendimiento fue devolviéndole aquella confianza en sus condiciones que descubrimos en sus inicios. Mas allá de alguna salida de cadena (agresión a un árbitro en pleno partido), dos buenas temporadas en el humilde equipo de Guadalajara le abrieron las puertas en este 2012 del colosal América del Distrito Federal. Allí está ahora, todavía tirando caños, viviendo el mejor momento de su carrera, lejos de la realidad de una banda roja que esperó de aguardó mucho de él. Tal vez demasiado para lo que podía dar.

martes, 17 de abril de 2012

PABLO AIMAR


Todo es recuerdo. Y del bueno. Una vez ante Talleres de Córdoba, una pelota derivó cerca del banderín del corner. Hacia ella fueron Aimar y detrás suyo Víctor Sotomayor. De espaldas y apretado contra las líneas, el crack pisó la pelota con zurda hacia la derecha y con una leve caricia de su empeine salió del apremio con un caño monumental. Del centro llegó el tanto de Cardetti, pero seguro, el grito de “oleeeee!!!” fue mas fuerte que el del gol. Otra vez, en la cancha de Lanús ante Los Andes, tomó la pelota en la línea media, se montó a sus esquíes y arrancó un slalom cancha arriba, pisando el área juntó a tres defensas milrrayitas y con un centelleante cambio de dirección los dejó pagando con un garabato de su cintura. Tocó al gol ante una tribuna –a esa altura- ya desarmada de placer.
Buena parte de la carrera de Pablo Cesar Aimar podría resumirse en una sola pregunta. ¿Qué fue lo que le pasó?. Y es una pregunta brava de responder. Es que resulta difícil imaginar un jugador con tamaña gama de virtudes, que vaya uno a saber porqué se fueron derrochando paulatinamente en una carrera europea que arrancó a lo grande y se fue esfumando en el mediopelo que supone la Liga Portuguesa. Si me apuran, yo creo que Aimar es uno de los máximos casos de desperdicio de talento de toda la historia del fútbol Argentino.
Nacido en el Imperio Cordobés el 3 de noviembre de 1979, y producto nato de la mágica cantera. El payaso debutó en Agosto de 1996 (0-1 ante Colón en el Cementerio) asomando su esmirriado físico bajo el regazo de nenes como Francescoli, Astrada, Ortega, Hernán Díaz y Gallardo. Su consagración tardó unos años en llegar pero cuando lo hizo, marcó precedentes en la escala del buen gusto. Aimar era la fineza, la distinción, el vértigo justo, el pase exacto, la estética precisa, el caño irreverente, la historia riverplatense a flor de piel. Se desplazaba como con patines en sus pies, comandando ataques con una sapiencia veterana que su cara de chiquilín con ángel desmentía. La dupla con Javier Saviola fue tan explosiva que no se exagera al ponerla a la par de otras míticas duplas millonarias como la de Bernabé y Peucelle, Pedernera y Moreno, Labruna y Loustau, Onega y Más, o Alonso y JJ. Piloteó con gran estilo el F1 millonario ganador de los Apertura 1999 y Clausura 2000, hasta que un año mas tarde se fue, tentado por el sueño y los dólares europeos.
Pasó por Valencia y Zaragoza de España, y hoy defiende la malla escarlata del Benfica de Lisboa. Tal vez cierta irregularidad, tal vez la perdida de hambre, tal vez alguna lesión traicionera, tal vez un equipo no puesto del todo a su servicio, tal vez una Selección Nacional con demasiados claroscuros, tal vez… algo; Lo cierto es que en algún momento Aimar salió del círculo de los jugadores top del país y jamás volvió a entrar en él. Quienes lo vimos (y disfrutamos) en su esplendor nos resistimos a la idea de poner a este talento brutal en el casillero del pasado. Tal vez el retorno a casa (que tarde o temprano se dará) reavive al genio que hoy descansa placidamente dentro de su lámpara, amoldado al confort de un fútbol pasatista, que solo le exige marcar tarjeta cada domingo.
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Son apenas 6 minutos. Valen la pena.

miércoles, 8 de febrero de 2012

OSCAR AHUMADA


Si un hombre puede arrepentirse de haber dicho dos palabras en el momento más inoportuno, ese hombre es Oscar Ahumada. Una frase que lo perseguirá hasta la tumba y que echará por tierra todo lo bueno que haya realizado, si es que eso ocurrió alguna vez. A esta altura es ya irrelevante si hubo un “silencio atroz” esa noche de mayo de 2008 en el Monumental. En todo caso fue una reacción elemental ante otra circunstancia mucho más atroz, como la de que te empaten un 2-0, en tu cancha, y con dos jugadores más. No había necesidad de herir gratis a un pueblo que había reventado la cancha esa noche. Cierto es que eventos mucho mas graves que esta desafortunada declaración pasaron en el mundo River en todo este tiempo. Pero hay cosas que el orgullo del hincha se niega a perdonar. Una traición moral que jamás pasará al olvido.
La carrera de Ahumada quedó signada por ese episodio que aportó su granito de arena en la indetenible barranca abajo que comenzaba. Antes y después de eso, su perfil, así también como su juego y aporte al equipo, no habían pasado de la discreción. Ahumada siempre fue apenas un correcto jugador, un leoncito batallador, irreprochable desde la entrega, apto para pescar en el barullo de la pierna fuerte, a veces excedido en un fervor peligroso. Hasta aquella entrevista con Niembro en La Red, formaba parte del grupo de elementos formados en la casa, a los que se mimaba en las buenas, y a los que se perdonaba en las malas. Tras su desliz, su nombre fue tachado de la lista y su presencia observada con el recelo mismo de los enemigos íntimos.
Nacido en Zárate, había debutado en Primera el 24 de noviembre de 2002 en un 2-1 matinal ante Olimpo. Fue reserva perpetua de cincos mucho mejores que él (Mascherano, Astrada). Pasó fugazmente al Wolfsburg de Alemania en una movida de la que también fueron parte Andrés D’alessandro y Juan Carlos Menseguéz. Al tiempo volvió y comenzó a alternar un poco más en el primer equipo. Convirtió en Montevideo ante Nacional su único gol oficial en 160 partidos con la banda roja. La luchó siempre hasta quedarse con la titularidad recién con el arribo de Cholo Simeone en 2008. Fue puntal importante de la última vuelta olímpica a pesar que ya había metido la pata feo ante la prensa. Los últimos dos años se la pasó tratando de explicar lo inexplicable y viendo con impotencia como el castillo de oro que alguna vez fue River se desmoronaba sin remedio. Se fue unos meses antes que los escombros lo aplastaran.
Jugó su último partido un jueves por la tarde en la Bombonera ante Boca. Fue vendido al Veracruz de México donde actuó muy poco. Desde allí accionó judicialmente contra River, trabando una demanda de un millón de dólares en concepto de incumplimiento de pago. Hay que rastrear mas de la cuenta para hallar su huella hoy en el FC Rostov de la ciudad de Rostov del Don, al sur del enorme territorio ruso. Allí está hoy Ahumada, vistiendo unos paradógicos colores azules y amarillos, muy lejos del sentir del hincha del club que tanto le dio y que no supo comprender en su momento de dolor. Por mas que se arrepienta, será mejor así.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

MATEO MUSACCHIO


Fin de semana de noviembre. Fecha de Liga en España. Estadio El Madrigal. Juegan Villareal y Betis de Sevilla. El pibe salió a cruzar a la espalda del marcador lateral, barrió con timming y personalidad, extirpó con limpieza el balón de los pies del adversario. Se levantó elegante y cedió al compañero mas cercano para iniciar un nuevo ataque. El pibe en cuestión (botines blancos, pelito a la moda, buen lomo, número 4 en la espalda) se llama Mateo Musacchio y lleva el sello de calidad de River Plate, aunque es bueno reconocerlo, en su momento nos importó bastante poco.
Visto ahora con cierta distancia, el caso de Mateo Musacchio es una de las pruebas mas cabales del flagrante y repetido delito al que River fue sometido durante la última década. Presa de buitres hambrientos. Títere de intereses repletos de mugre. Su futuro pasó de mano en mano por oscuros señores que gastaron a cuenta de su promesa de crack. En medio se comieron toda la guita, y casi, también le comen la carrera.
Hace un tiempo atrás, no había en el mundo de las formativas millonarias un entendido que no dijera que Mateo Musacchio tenía destino de primera y por largo tiempo. Nacido el 26 de agosto de 1990 en la ciudad de Rosario. Llegó a River con edad de cuarto grado, es decir 9 años. River le dio cobijo y el sitio apropiado para que sus formadores comiencen a moldear lo que traía desde la cuna. Pronto se descubrió como un defensor fuerte pero veloz, apto con el balón y con mucha contracción al trabajo. Eso bastó para resaltar entre la multitud de chicos que soñaban con vestir algún día la banda roja en primera.

Pero ese cartelito de futuro crack le sería un peso demasiado difícil de sobrellevar. Antes de jugar ya estaba en boca de todos. Poco después de su debut, la corruptela de Aguilar había negociado el 30 % de su ficha con el patán de Pinhas Zahavy a precio irrisorio. Con todo esto a cuestas, Daniel Passarella lo mandó a la cancha con 16 años en un partido ante Vélez por el Apertura 2006. Al empuje de su promesa se vio obligado a saltear etapas y casi sabotear su carrera por el deseo voraz de mostrarlo y venderlo. Pocos lo cuidaron, ni los entrenadores impacientes, ni los dirigentes oportunistas, ni los representantes carroñeros. En épocas que ya se avisoraban turbulentas, Mateo Musacchio alcanzó a jugar 10 partidos en la primera de River, lo hizo actuando en posiciones que no eran la suya y poniendo la cara cuando no le correspondía.

Fue Villareal de España quién supo leer mejor lo que Musacchio necesitaba: Tiempo. Pagó su pase, lo rescató de un seguro naufragio y lo mandó al horno de la segunda B para completar su cocción de jugador de Primera. 2 años luego, mas formado y preparado, le tiró la casaca titular de su primer equipo. Y allí está ahora, firme, en la zaga central de un equipo que lo tiene como ejemplo de perseverancia y proyección a futuro.

Es difícil encontrarle relación a aquel pibito que debutó en la cancha de Vélez de la mano de Passarella, con este muchacho que corta ataques en una de las mejores ligas del mundo. Pero , pese al paso de los años, el crecimiento y la experiencia, la principal diferencia sigue no estando en la calidad del jugador. Está básica y tristemente, en la calidad de los dirigentes.

jueves, 29 de septiembre de 2011

HERNÁN CRESPO


La vida de Hernán Crespo puede resumirse en una sola palabra. ¿Hace falta mencionar cual es?. River Plate, inferiores y primera. Parma, Lazio, Inter, Chelsea, Milan, otra vez Chelsea, otra vez Inter, Genoa, otra vez Parma. Siempre Selección Argentina y siempre la misma noticia. Gol de Crespo. De zurda o de derecha, de cabeza o de anticipo, de rebote o de taquito. Como sea, siempre gol de Crespo. Podrán encontrarse en la historia de River Plate puñados de productos de su cantera dotados con mejores cualidades técnicas. Pero si de goles hablamos, Crespo larga en primera fila.
Surgido en un tiempo particularmente fecundo para las formativas millonarias. El domingo de su debut (4-1 a Newell’s en el Monumental por el Apertura 93) jugó apenas 5 minutos y en la primera que le quedó adelante sacó un disparo desde posición incómoda que se fue lejos del arco. A nadie en las tribunas se le pasó por alto ese detalle que denotaba cual sería la obsesión de toda su carrera.
Daniel Passarella fue un pilar fundamental en aquellos primeros años, dándole pista conforme a la continuidad de sus goles que caían como catarata. Fue top scorer del Clausura 94, y luego de un bache propio de su juventud, actor fundamental en la celebrada vuelta olímpica de la Libertadores de 1996. Sus goles fueron fundamentales. El gol en Lima a Sporting Cristal y la memorable chilena en la revancha. Los goles a Passet en cuartos ante San Lorenzo, y claro, los de la final ante América, el día que se subió al cielo millonario en dos escalones. Primero empujando entre los papelitos un centro – pase de Ariel Ortega, y luego cabeceando desde el punto penal hacia una valla desguarnecida por un obsequio del golero Oscar Córdoba. Salió faltando pocos minutos. Fue la última vez que vistió la banda roja. Imposible imaginar una despedida mejor.
Italia lo convirtió lentamente en un as del festejo. Le dio paciencia, le dio porte físico, le dio explosión en las piernas, le dio una táctica ideal para su estilo de ariete omnipresente. Sus goles llevaron a Parma a ser alto protagonista del Calcio y a ganar lo que hoy conocemos como la Europa League. Lazio compró su pase en 55 millones de dólares. Pagó siendo capocannonieri de la temporada 2001-02 y obteniendo la Copa Italia. Otra carretilla de dólares lo deposito en el Inter de Milán, donde obtuvo gran parte de todos los festejos de su carrera. En el medio, fue prestado al Chelsea de Londres y al AC Milan, donde cumplió como un empleado fiel, la cuota de gol que se le reclamaba.
Después de Labruna es el mejor centrodelantero que ha dado las inferiores millonarias. Los números de Crespo lo dicen todo. 323 goles en casi 700 partidos. Casi un gol cada dos juegos. En River aportó 36 y en la Selección 35, siendo goleador aún en tiempos de reinado de Gabriel Batistuta. Según parece, su soñada vuelta a Núñez no se dará, y no deja de ser una lástima. Pero en algún punto está bien que eso pase. A veces es mejor dormir plácidamente en un hermoso recuerdo, que despertarse comprobando que la realidad y el tiempo todo lo cambian.

lunes, 1 de agosto de 2011

DANIEL MONTENEGRO


Mas lagunas que Canadá, dice el dicho. Mas lagunas que el Rolfi Montenegro podría adaptarse por aquí. Ojalá que la frase no suene a desprecio por el enorme talento de un jugador de gran capacidad. Que suene si se quiere a desilusión por lo que siempre amagó ser y -al menos con la banda roja puesta- pocas veces pudo concretar.
Daniel Gastón Montenegro, nació en Villa Insuperable el 28 de mayo de 1979. Crédito de las inferiores Quemeras, su aparición -en dupla con Lucho Gonzalez- supuso una brisa de aire renovador. Todos se peleaban por ese morochito picante, capaz de gambetear en una baldosa a quien se le pusiera enfrente o de clavarla en un ángulo con un poderoso remate a la carrera. Olympique Marsella fue quién ganó la pulseada y marcó para el Rolfi, el primero de sus tantos éxodos en su carrera.
Inexperto en el roce europeo, peregrinó luego de Francia, sin demasiada fortuna en Zaragoza y Osasuna, hasta que Independiente lo repatrió para convertirlo en pieza escencial del famoso cuadro de Gallego que ganó brillantemente el Apertura 2002. Explosivo, desequilibrante y frontal. Su llegada a River a mediados de 2003 levantó gran polvareda junto a los arribos de Salas, Gallardo, Vivas y Virviescas, con los que el millonario había sacudido el mercado de invierno.
Rolfi en River otorgó siempre su talento en cuentagotas. A veces se encendía y era un placer saberlo de nuestro lado. Pero en otras tantas caía en prolongados letargos que lo empujaban seguido al banco de suplentes. Sus primeros meses fueron erráticos y recién en 2004 con Leonardo Astrada como DT, encontró el impulso suficiente para concretar su aporte. En el Apertura 2004 señaló 5 goles y fue elemento primordial en la vuelta olímpica.
Partió a Rusia, tentado por los petrodólares del Saturn de Moscú. Pero al poquito tiempo estaba de vuelta, falto de adaptación y de continuidad. Inició con Mostaza Merlo y luego con Daniel Passarella su segunda etapa en Núñez. Fue el mismo de siempre. Rachero, picante, a veces inspirado, otras tantas desaparecido, pero siempre con una promesa de concretar algo diferente. Tuvo una buena Copa Libertadores 2006 donde fue uno de los 13! máximos goleadores. Venía en levantada y por primera vez en mucho tiempo era titular indiscutido. Por eso sorprendió a todos que Aguilar decidiera no renovarle la continuidad a mitad de temporada.
Dejó en el recuerdo un par de golazos de esos que hacen ruido, un poker de goles ante Boca en partidos de verano, y un rol protagónico en esa eterna postal del antifutbol que es la patada ninja con la que Juan Krupoviesa lo rebanó al medio en un superclásico de la Bombonera.
Volvió a cobijarse en Independiente donde se erigió en referente, y hoy juega en el plácido fútbol mexicano, donde a los 32 sigue demostrando su talento como siempre con la casaca del América, sin que nadie le reproche nada si esa capacidad distinta desaparece por un par de partidos.

miércoles, 8 de junio de 2011

ANDRES D'ALESSANDRO


El asunto es tan sencillo que parece imposible que en la práctica uno nunca logre el resultado satisfactorio. Consiste en amasar y mostrar la pelota bajo la suela una, dos, hasta tres veces. Luego, en el momento exacto en que se lleva la pelota hacia atrás, con un golpe veloz del empeine se empuja el esférico hacia adelante junto con el resto del cuerpo que sale de la zona como eyectado. Y listo, el rival queda petrificado al suelo, impávido mirando como el jugador se le ha escapado en sus propias narices. Andrés D’Alessandro traía esa jugarreta desde la cuna y tan simple como indescifrable era, que el Chacho Coudet la bautizó “la boba”. Sello distintivo de este millonario por el mundo.
Nacido en Capital el 15 de abril de 1981, el talento de Andrés era muy popular entre los habitués de los sábados de inferiores. Tanto se decía de él, que ya desde su debut cargó con la mochila de demostrar que tanta expectativa no era exagerada. Se trataba de un talento nato. Dueño de un estilo particular que conjugaba gambetas chispeantes con pases precisos dignos del mejor estratega. Traía en su bagaje el plus de un carácter podrido que muchas veces sirvió para empujar al equipo hacia más, como también en otras para hundirlo con alguna salida de cadena.
D’Alessandro debutó con el Tolo Gallego, pero fue recién en el año siguiente, cuando Ramón Díaz le dio cabida en el equipo titular, que su nombre comenzó a repercutir con fuerza. Integró uno de los equipos mas ofensivos que River recuerde. Comizzo, Ayala, Yepes y Rojas, Coudet, Ledesma, Cambiasso y Zapata, D’Alessandro, Ortega y Cardetti. Sin tanta patrulla de los rivales, Andrés hizo verdaderos zafarranchos en las defensas contrarias, jugando donde duele la habilidad, cerca del área. Mas tarde, ya junado por todos, tuvo bajones lógicos y picos destacados. Cuando lo vendieron a mediados de 2003, se había convertido en un jugadorazo hecho y derecho, dos veces campeón con la banda roja, con un puñado de goles memorables en el recuerdo colectivo (chanfle a Independiente en la vieja Doble Visera, apilada ante Gimnasia en Núñez, Tiro libre al ángulo ante Corinthians por la Copa, bombazo de zurda a Boca en la Bombonera). En síntesis, un crack con destino de vuelta.
Su juego no cuadró en Europa. Ni en Wolfsburgo de Alemania, donde jugó 3 años en un equipo decadente. Ni en Porthmouth de Inglaterra, donde recaló media temporada. Ni en Zaragoza, donde fue compañero de Pablo Aimar y jugó bastante, pero no terminó de adaptarse. Fue recién en el calor familiar del Brasil donde se reencontró con su talento genuino y también con su carácter de pocas pulgas. Y cuando D’Alessandro volvió a ser el de siempre, Internacional de Porto Alegre, se convirtió en el cuadro temible que hoy todos reconocen. En el rojo gaucho obtuvo dos certámenes estaduales, la Sudamericana, la Libertadores, la Recopa y la Suruga Bank. Su nivel lo devolvió a la Selección Nacional y a todos los millonarios les alimentó el deseo de volver a verlo otra vez con la banda roja.
Dueño de una medalla de oro olímpica y de un Mundial Sub 20 jugado en Argentina (al cual accedió por la fortuita baja por lesión de Livio Prieto), siempre declaró su amor por River y lo hizo en forma bien evidente, una noche muy triste para el millonario. San Lorenzo había sacado a la banda de la Libertadores de 2008, y haciendo un alto en los festejos, recordó con lágrimas en los ojos que su intención era otra y que todos los riverplatenses sabían perfectamente por qué y por quién no había retornado.
Claro que sabemos Andrés. También deberás saber vos que te estamos esperando.

jueves, 7 de abril de 2011

LUCHO GONZÁLEZ


Una debilidad es una debilidad y nada se le puede hacer. Y esta no es una debilidad cualquiera. Es fácil tener debilidad por Lionel Messi, o Roger Federer, o Michael Jordan o Tiger Woods, porque son los mejores. Está claro que Lucho no es el mejor, pero hay debilidades que son difíciles de explicar. Pongámoslo en claro antes de escribir los renglones siguientes. Personalmente renuncio a los Cavenaghis, D’alessandros, Aimares y Saviolas. Si pudiera elegir a alguien para que vista por siempre la casaca de River, ese alguien sería Lucho González.
Debutó con la banda a medidados de 2002 cuando todavía era un proyecto interesante y lagunero, y se fue 3 años después, siendo ya un jugador hecho y derecho, apetecible para el mercado internacional y con una huella impresa en el camino brava de borrar. Venía de Huracán donde se había despuntado como un volante por derecha de gran tranco, mejor manejo y alta elegancia. River no solo potenció esas cualidades al amparo de un plantel mas competitivo, sino que descubrió un jugador sin puesto fijo y con maravilloso don estético, versátil según los mandamientos del fútbol de hoy, dotado de un porte distinto, altivo en el traslado y en el toque, con un gran sentido colectivo, de un pie sensible y llegada al gol.
Su llegada a Europa no le cambió la ecuación a su juego. Es cierto que los campeonatos portugueses y Franceses pertenecen a la periferia de las grandes ligas del viejo continente, pero en el seno de equipos grandes, populares y poderosos como Porto FC u Olympique de Marsella, Lucho fue y es el referente y el estandarte.
Otro post de este portal ya trató de homenajearlo y es esta la prueba mas acabada de la debilidad confesada. Pues entonces no se hará abuso de las palabras. Solo diré que en su juventud, Lucho se tatuó en la pantorrilla el escudo del club de sus amores. El no sabía por ese entonces que ya tenía grabado a fuego en su estilo la marca centenaria de la mejor escuela millonaria.

jueves, 10 de febrero de 2011

ALEXIS SÁNCHEZ


Alexis Sánchez. Joven. Chileno. Talentoso. Veloz. Gambeteador empedernido. Futuro de crack. Con todos estos datos en la mesa, resulta difícil explicar entonces porque el paso de este chico por River no quedó marcado a fuego en los corazones de los hinchas. Cómo fue que teniendo las condiciones que todos vimos que tenía, apenas tuvo que conformarse con el dudoso título de ser la primer opción de cambio. Porqué un pibe tallado con la madera de los diferentes solo aportó alegrías en cuentagotas y una promesa jamás cumplida.
El nombre de Alexis Sánchez no era desconocido para el medio local cuando llegó a River a mediados de 2007. Venía de una magnifica campaña en Colo Colo donde (de la mano de Claudio Borghi, Matías Fernández y Chupete Suazo) había conquistado varios certámenes locales en Chile y llegado a la final de la Copa Sudamericana, además de ser ya una figura habitual en las Selecciones juveniles trasandinas. Lo que sí se desconocía por estos lares era su estilo. Ese que causo furor en sus primeros juegos en Núñez, merced a una gambeta diabla e irrespetuosa, y a cierta tendencia a la espectacularidad en sus caídas, cosa que irritaba demasiado a jueces y marcadores.
Daniel Passarella le dio pista en el segundo semestre de 2007 e iba muy bien, hasta que una mañana en Victoria, el defensor de Tigre Juan Blengio le pisó el tobillo y le rompió los ligamentos. Luego de eso le fue difícil volver. Reapareció en 2008 y Simeone lo tuvo en cuenta solo como reserva de Ortega, Falcao y Abreu. Esto último, más la elevada cotización impuesta para la compra de su pase por parte de su propietario, Udinese de Italia, apuraron la despedida de Alexis de la banda.
Chileno del norte, hijo del desierto, nacido el 19 de diciembre de 1988, en la ciudad de Tocopilla, en la plena aridez de Atacama. Alexis Alejandro Sánchez Sánchez (papi y mami se apellidan igual) era furor en las canchitas peladas de su tierra, cuando fue llevado de joven a Cobreloa de Calama. Allí debutó en primera de la mano del experimentado uruguayo Nelson Acosta. Vendido a Colo Colo, su paso por el elenco cacique dejó una huella profunda, tanto como su experiencia en las juveniles de la roja, donde fue fundamental para obtener el tercer puesto en el Mundial Sub 20 que se jugó en Canadá.
Gambeteaba, siempre gambeteaba, incluso hasta donde no se podía. A veces se ponía un balde en la cabeza y su estilo se volvía muy egoísta, tendencia que lo emparentaba vagamente con el peor Pipino Cuevas. Pero despejaba todas las críticas cuando salía airoso y fugaz de una maraña de 6 piernas para generar una ocasión de gol, cosa que se repetía al menos una vez por partido. Jugó en River 22 cotejos, pocos de ellos como titular. Anotó 4 goles (a Estudiantes, Lanús, Vélez y Colón) y dejó en el recuerdo un par de apiladas memorables como aquella del Malvinas Argentinas de Mendoza ante Boca, cuando sentó de traste a toda la defensa bostera antes de que Caranta le cometa penal.
¿Triunfó Alexis Sánchez en River?. La respuesta es sí, si se tiene en cuenta el campeonato Clausura 2008 que ayudó a obtener. Pero tambien la respuesta es no, si se pone en la balanza lo mucho prometido y lo relativamente poco concretado. Después de hacer un gran Mundial con Chile en Sudáfrica, hoy juega con mucho suceso en Udinese de Italia. Su carrera marcha en un indetenible ascenso. Se veía venir.

jueves, 23 de diciembre de 2010

FRANCO COSTANZO


Pensando en él, me doy cuenta que casi ni le conozco la voz. Mejor dicho. No le conozco la voz. Me pregunto: ¿importa?. Me respondo: No. Esta bueno desmenuzar entonces este caso muy particular con muy pocos precedentes en la historia de la delirante y enfermiza relación de los medios y el deporte. Un buen día, y vaya a saber bajo que convicciones, a Franco Costanzo se le antojó no darle notas a los medios argentinos. Lo que hubiera pasado inadvertido en otro tiempo, se convirtió rápidamente en carne de cañón para el circo mediático, capaz de generar noticias de las palabras de los protagonistas como en la ausencia de ellas.
Costanzo nunca habló con los medios argentinos. Los esquivaba cortésmente. Les ganó la pulseada hasta lograr que dejaran de insistir. Pero, salvaguardando su integridad mental, Franco se ganó un enemigo demasiado incómodo. Prefirió no ser amigo, no ser participe de la rueda delirante, a expensas de prescindir para siempre de la crítica complaciente y el elogio desmesurado con el que varios han lanzado su carrera. No es dificultoso entonces ver un dejo de sinceridad en esta actitud de bajarse del carro de la entrevista vacía, del espacio cedido a huecos con respuesta de cassette, o a mercachifles que se venden como próceres, o de tipos mas preocupados por lucir bien ante la cámara que a darle un pase correcto al compañero.
Sin la complicidad de la turba especializada. Costanzo edificó una carrera que siempre apuntó mas alto de lo que realmente llegó a ser. Allá por los albores de esta década, buena parte de los riverólogos abonaban la idea de que el arco millonario iba a ser suyo por varios años. Motivos no faltaban. Costanzo, ya cuando joven, era un coloso físico y mostraba una personalidad que lo diferenciaba del resto de sus compañeros. Américo Gallego le dio la vaya titular en el arranque de 2001. Jugó todo el Clausura de ese año en un equipo que se quedó en las puertas de la consagración. Atajó dos penales en ese periplo (a Migliónico de Colón y Riquelme de Boca), hasta que a mitad de temporada, el recién llegado Ramón Díaz trajo al Flaco Comizzo para aportar la experiencia que a Franco se notaba que le faltaba.
Arrojado en su estilo, a veces suicida, valiente y temerario. Fue Manuel Pellegrini el que le devolvió la valla de Primera a expensas del pobre nivel mostrado por José María Buljubasich. Lo hizo en un momento álgido del Clausura 03, frente a Boca, en la Bombonera. Dos goles de Barros Schelotto frustraron un triunfo que venía encaminado esa tarde, pero Costanzo respondió bien y no salió más del 11 titular.
Durante su tiempo en River, siempre fue la primera opción para el arco, a pesar de tener la férrea competencia de otro gran arquero como Germán Lux. Bancó paradas fieras en duelos internacionales. Una noche en Torreón, ante el Santos Laguna, atajó brillantemente todo un tiempo con el hombro luxado. Otra noche, en el Morumbí de San Pablo, volteó un par de muñecos que llegaban de compadritos a un tumulto. Otra tarde –ya jugando en Europa- un compañero suyo se hizo echar tontamente y él no tuvo reparos en correr hasta donde estaba y reprenderlo ferozmente con insultos y un tirón de pelos. En River tuvo partidos flacos y algunos errores garrafales, pero respondía siempre a la altura en los cotejos importantes.
Franco Costanzo nació el 5 de septiembre de 1980 en la ciudad de Rió Cuarto, Córdoba. Jugó su último partido en River en la cancha de Banfield, en una derrota 1-4 por la 4ª fecha del Apertura 2005. Fue vendido a Alavés de España. Dos años luego pasó al FC Basel de Suiza. Allí juega y es gran figura y referente. También responde amablemente a las requisitorias periodisticas de un medio que ni por asomo es comparable a los parámetros que estableció la histeria local.

jueves, 14 de octubre de 2010

FERNANDO BELLUSCHI


Es curioso pensar que uno de los buenos refuerzos de River en todo este último tiempo, siempre tuvo marcado antes de su arribo a Núñez, un destino futuro con la camiseta de Boca. Curioso es también, que los mejores recuerdos que se tengan de su paso por la banda, hayan sido algunas actuaciones ante el xeneize en el superclásico.
Fernando Belluschi a secas, nació el 10 de septiembre de 1983 en un pueblito de 3000 habitantes llamado Los Quirquinchos, a poco mas de 100 kilómetros de Rosario, Santa Fe. Como le ocurre a buena parte de los chicos de esa zona que juegan bien al fútbol, fue absorbido rápidamente por las divisiones inferiores de Newell’s Old Boys, equipo con el que debutó en primera y con el que ganó el Campeonato Apertura 2004, con Gallego como DT y Ortega de compañero. Macri le había comprado a Eduardo López la mitad de los derechos de venta del volante y de Ezequiel Garay, pero a principios del Apertura 2006, José María Aguilar se apareció por Rosario con 5 millones de dólares y Belluschi se puso la banda roja.
Debutó la noche del 6 de agosto en un 2-0 ante Lanús en el sur. Bueno jugador tirando a muy bueno. Siempre fue una tarea complicada definir su estilo de juego, difícil de encasillarlo en un puesto fijo. Versátil y técnico, volante mixto que se movía con ductilidad por la banda derecha, o podía ayudar con prestancia en la creación de fútbol. Se sacrificaba para recuperar el balón y llegaba seguido al gol, acompañando a los delanteros o rematando desde afuera del área. Eso, mas cierto carisma y un peinado estrafalario, lo hicieron calzar rápido en el paladar de la gente.
Belluschi jugó un año y medio en River. Su estilo de todoterreno fino, lucio mejor que nunca en dos recordados éxitos contra Boca (el 3-1 de 2006 y el 2-0 de 2007). Anotó en total 13 goles, 3 de ellos se los hizo a Sebastián Peratta en un memorable 5-0 al Vélez de Lavolpe. Le tocó una época de urgencias deportivas, marcada a fuego además, por los primeros coletazos de la guerra de barras y los desastres económicos de la era Aguilar. Un combo de porcentajes de pases de jugadores del plantel -en el que estaba el suyo- cayó en las manos del empresario/ mafioso israelí Phinas Zahavi y este lo negoció rápido con Olimpiakos de Grecia, donde fue a jugar a partir del verano de 2008.
Cuando se desarrollaba la pretemporada del año 2007 y plantado ante los micrófonos que cubrían una actualidad millonaria, Daniel Passarella –entonces entrenador de River- le colgó ¿sin intención? una mochila que en verdad no le correspondía. “Belluschi vale 40 palos verdes”, dijo. Venía de hacer magníficos partidos en el apertura 2006, y que finalmente, son los que forman parte de lo mejor de su producción con la banda roja. Pero el nunca estuvo estatura de líder, y tampoco quiso serlo alguna vez.
Fue campeón en Grecia y hoy actúa en Portugal defendiendo la camiseta del Porto FC donde es compañero nuevamente de Radamel Falcao. Sigue siendo fiel a su estilo de buen ladero rendidor. Los lusitanos tasaron la cláusula de rescisión de su pase en 30 palos euros hasta que finalice su contrato en 2013. La exagerada tasación del Kaiser, con el tiempo se cumplía

jueves, 19 de agosto de 2010

NELSON CUEVAS


Así como Romario (según la logradísima metáfora de Jorge Valdano) era un jugador de dibujitos animados. A su modo, Pipino Cuevas también lo era. Una mezcla errática del Coyote y el Demonio de Tazmania. A un jugador de fútbol se lo puede amar o se lo puede odiar. Pero hay que tener un estilo muy particular para generar en el hincha esas sensaciones al mismo tiempo. Acabó con nuestra paciencia de esperar que algún día se saque el balde que tenía en la cabeza, pero también se ganó nuestra simpatía gracias a su entrega inclaudicable y un par de goles de esos que nunca mas se olvidan.
Pipino levantaba a la gente de sus butacas para ovacionarlo o para acordarse de su madre. Veloz y hábil, tomaba el balón, agachaba la cabeza y no paraba hasta convertir el gol, hasta que se la quiten o hasta chocarse contra los carteles de publicidad. Tal vez quién mejor lo definió fue Ramón Díaz, el entrenador que mejor lo comprendió y quién mas rédito extrajo de sus características. “Pipino es un fenómeno, pero tiene el problema de que gambetea cuando tiene que dar el pase y da el pasa cuando tiene que gambetear”.
Nelson Rafael Cuevas nació en Asunción del Paraguay un 10 de Enero de 1980. Hizo sus inferiores en la precariedad del humilde Sport Colombia de la colindante Fernando de la Mora. Su nombre empezó a hacerse rápidamente conocido y no tardó en alistarse en las selecciones juveniles de su país. En Enero de 1999, Pipino jugó en Mar del Plata el Sudamericano Sub 20, clasificatorio para el Mundial de Nigeria. Sus arranques desaforados por la banda derecha (jugaba de 8) llamaron la atención a mas de un club de nuestro país. Cuando el dinero no era problema en Núñez, una comitiva dirigencial partió rumbo a Asunción y a la vuelta traían a Cuevas ya contratado.
Pipino siempre fue un buen suplente y un mal titular. Sus aportes redituaban mucho mas en 15 minutos que en 90. De contra y con espacios solía ser un dolor de cabeza, pero atrapado en la maraña de un partido aún no resuelto, solamente aportaba un barullo exasperante. Pero Cuevas le ponía empeño, actitud, combatividad, era simpático a la prensa, su madre un personaje digno de Showmatch. Y pese a que tanto Ramón Díaz, Pellegrini y Astrada lo tenían siempre como segundo de, ese tezón voluntarioso le valió el premio de anotar su nombre en las páginas de la historia. O acaso habrá algún hincha de River que logre olvidar la apoteosis de su gol a Racing sobre la hora, o ese tanto a Abbondanzieri haciendo equilibrio en la línea final en un superclásico de 2005.
Peleado con Aguilar y media dirigencia (otro motivo mas para caer simpático), Cuevas emigró y se transformó en un viajero errante del mundo fútbol. Jugó en China para el Inter de Shangai, en México para el Pachuca de Hidalgo y las Águilas del América, en Brasil para el Santos, cruzó la cordillera para defender a la Universidad de Chile y volvió a su tierra para jugar 6 meses en Libertad de Asunción. En el medio de todo este periplo, fue hombre de Selección en los Mundiales de 2002 y 2006. En Japón lo mandaron a la cancha en los 30 minutos finales del juego clave contra Eslovenia. Su gambeta terca descalabró la defensa balcánica y con dos goles llevó a la garra guaraní a octavos de final. En Alemania, volvió a convertir frente a Trinidad y Tobago, pero ese día la clasificación ya se había escapado.
Nelson Cuevas jugó en Olimpia de Paraguay la última temporada y ahora lo hará para el Albacete de la B española. Todavía muchos plateístas se siguen levantando como eyectados para mandarlo al carajo cuando elije una gambeta de más o un remate al arco desde un ángulo imposible. El problema es de ellos, a esta altura deberían saber que Pipino es así. Incorregible. Tomalo o dejalo.

lunes, 5 de julio de 2010

MAXIMILIANO LÓPEZ


La vida profesional de Maxi López tenía un rumbo determinado, cuando un golpe del destino o un pequeño guiño de la fortuna, la cambiaron para siempre. Esa tarde en La Bombonera de Buenos Aires, Maxi no hubiera visto acción si Marcelo Salas no se desgarraba a los 4 minutos del primer tiempo. Ese día, el mismo futbolista torpetón y voluntarioso que era entonces y que es hoy, adquirió otra dimensión, otra chapa, un carnet de promesa que quizá le quedó grande. No volvimos a verlo jugar de esa forma. Nunca nadie le había faltado tanto el respeto a Rolando Schiavi como él aquella jornada. Encaró felino con su gambeta corta, despatarró defensores gracias a su lomo. Virtualmente esos 86 minutos en cancha, le valieron a River 10.000.000 de dólares, y a Maxi, el ticket de entrada a una vida que ni siquiera había soñado.
Maximiliano Gastón López nació en Capital Federal el 3 de Abril de 1984. Hizo las inferiores y debutó en River muy pibe una tarde de 2001 ante San Lorenzo de Almagro. Fue empate 2-2 y el segundo gol fue una definición cruzada suya. Se abrazó con Ramón Díaz, que se había jugado por ese muchacho morrudo, rubio como un sueco, de llamativa velocidad para ser un tanque y que asomaba como una opción interesante para el reemplazo de Cavenaghi y Cardetti. Pero pasó Ramón Díaz y llegó Pellegrini, y pasó Pellegrini y llegó Astrada, y la acción de Maxi en la primera de River era moderada e intermitente. Todo, hasta “ese” partido del Clausura 2004 en La Boca.
A principios de 2005 lo compró Barcelona de España. Pagaron un vagón de dólares por aquel ario ariete endemoniado ante Boca. Apostaban a encontrar al Drogba blanco, pero hallaron un delantero que se lesionó seguido y no se adaptó jamás a un estilo de juego que le exigía mas destrezas de las que poseía. Dos temporadas mas tarde lo prestaron a Mallorca y retornó sin suceso. Luego lo cedieron a Moscú FC y volvió de Rusia así como fue, con algunos goles más pero con la misma apatía que ya era un signo distintivo de su trayectoria. Entonces fue el turno de su arribo a Gremio de Porto Alegre. El calor de la cercanía familiar y el estilo menos tensionado del Brasileirao, posibilitaron la recuperación de gran parte de las facultades que lo hicieron notorio. En el cuadro gaucho anotó mas de 20 goles, fue semifinalista de la Copa Libertadores, y volvió a recuperar su poder de fuego que parecía olvidado.
Claro que la figura de Maxi López ofrece tela para cortar tanto para el futbolero como para el chismoso. Si uno pone en el buscador de imágenes de google su nombre, lo primero que aparece es su señora (la…¿vedette?, ¿actriz?, ¿botinera?) Wanda Nara mostrando sus habilidades labiales y su pelaje desnudo. El amor perdona todo, pero seguro tan alto perfil en las revistas del corazón, no sumaron muchos porotos para el progreso de su carrera.
Amagaron varias veces con repatriarlo a Núñez pero no se dio. Hoy juega para el Catania de Italia. Un equipo chico y de alma guerrera que le peleó con exíto la batalla al descenso con 11 argentinos de compañeros de vestuario. Maxi fue la estrella de un cuadro rustico, contragolpeador, y como nunca moldeado para que su estilo de juego se sienta cómodo. No defraudó y protagonizó los mejores 6 meses de su carrera. Ahora deberá confirmarlo.

miércoles, 2 de junio de 2010

JULIO CRUZ


Lo primero que hizo Julio Cruz con la camiseta de River fue un gol. Ni un foul intrascendente, ni un pase hacia atrás, ni quedar enganchado en off side. Un gol, así como Walter Gómez en Rosario en su estreno del 50. Fue en la cancha de Unión de Santa Fe la tarde del 4 de septiembre de 1996 por la segunda fecha del Torneo Apertura. Luego de una veloz combinación, Hernán Díaz llegó al fondo y levantó el centro para la cabeza de Cruz, que la mandó a guardar a metros de la línea de sentencia. Iban apenas 24 segundos de juego. Imaginar una mejor carta de presentación era imposible y fue un tempranero anticipo de lo mucho y bueno que Cruz mostraría en su corto paso por Núñez.
Julio Ricardo Cruz nació el 12 de diciembre de 1974 en Santiago del Estero. Llegó de muy pibe a la gran ciudad y tuvo que laburar porque en su rancho humilde del Sur del Conurbano el mango no abundaba. Uno de esos trabajos fue cuidar los jardines en la sede de Banfield, Club que lo formó en las inferiores y lo hizo debutar en Primera en el año 1991.
Fue una de las caras menos rutilantes y conocidas de las muchas que revitalizaron, a mitad del 96, al River de Ramón. Cruz –un flaco enclenque, de andar desganado, hombros caídos y con un lenguaje corporal que daban ganas de zamarrearlo para que se despierte- resultó ser un delantero super completo. Alto para ganar de arriba. Dúctil para acoplarse al juego de equipo. Frío para dar la puñalada final. Rápido y liviano para el metro noventa que debía mover. Abastecido en abundancia por un equipo al que le brotaba fútbol por todos lados, el jardinero aportó una pila de goles en ese Apertura 96, y contribuyó (junto a Enzo, Ortega, Berti, Berizzo, Monserrat, Salas, Solari, etc) para que ese equipo sea la expresión mejor lograda de fútbol lujoso y efectivo de toda la era Ramón Díaz.
La explosión goleadora y carismática del Matador Salas le quitó lugar en la primera parte del 97, pero no redujo por eso su cuota anotadora. Cerró sus números en la banda roja con 18 goles en 30 partidos. Su último grito fue en Caballito en un 2-0 ante Ferro, Feyenoord de Holanda lo esperaba. Ya había debutado en la Selección Nacional y vivido el acontecimiento que lo marcaría para toda su carrera: Aquella piña de un asistente boliviano que lo noqueo en una tanganga en el Hernando Siles de La Paz, y la foto de ese sospechoso tajo en su pómulo derecho, el lado opuesto donde había recibido la trompada.
Callado y con perfil bajo (como todo en su carrera), Julio Cruz edificó en Europa una trayectoria exitosa y prolongada. Sus goles llevaron al Feyenoord a ganar la Liga Holandesa en 1999. Pasó a Bologna de Italia donde, pese a pelear el descenso, se ganó un nombre respetado en el fútbol mas difícil del mundo. Inter lo sumó a su colección de figuras en 2003 y allí se cansó de dar vueltas olímpicas. 8 en total (4 ligas, 3 Supercopas y 1 Copa). Hoy, a los 35 años, un detalle resalta en toda su campaña. Desde su arranque en Banfield, hasta su actualidad en Lazio, no hubo equipo en donde Cruz no haya marcado goles.
Tal vez nunca supo vender su capacidad como delantero mas allá de lo que mostraba todos los domingos dentro del campo. Entiéndase. Cruz es contemporaneo de –por ejemplo- Martín Palermo. Pero claro, el nunca se tiñó el pelo, no sonrió para la cámara, no festejó sus goles bajándose los pantalones, no jugó para la tribuna trabando con la cabeza, no podía enfrentar a los micrófonos sin ponerse colorado, no atrajo a la parafernalia mediática ansiosa de polémica, y –por sobre todas las cosas- no fracasó en el viejo continente. Ocurre que saber venderse no es una condición esencial para poder jugar bien al fútbol. En este caso, el problema no es de Cruz, sino todo nuestro.

jueves, 22 de abril de 2010

ESTEBAN CAMBIASSO

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Ya van casi 14 años de carrera y todavía nadie ha podido responder taxativamente una pregunta relativamente sencilla: ¿De que juega Esteban Cambiasso?. ¿De cinco?, ¿De doble cinco?, ¿Por las bandas?, ¿De enganche?. Y si… todo es posible, pero también todo es relativo. En realidad, Cuchu Cambiasso ha sido siempre un muy buen ni fu ni fa, valorado por lo versátil de su juego y la contracción de sus características al molde del equipo que lo contrate. Y eso, en el fútbol moderno, no es poco decir.
Esteban Cambiasso nació el 18 de Agosto de 1980 en Villa del Parque, Capital Federal. Cuando llegó a River Plate para jugar el Apertura de 2001, era apenas un pibe de 21 años, pero con una trayectoria totalmente inusual para un juvenil de su edad. Germinado en las mágicas canteras del Club Parque y formado en las inferiores de Argentinos Juniors, el Cuchu en su corta carrera ya había sido comprado por el Real Madrid y convocado para actuar en su filial, había sido hombre de Selecciones Nacionales Juveniles, y contaba con tres años de experiencia en la primera de Independiente de Avellaneda.
El River de Cambiasso fue uno de los últimos grandes equipos que el Millonario puede presumir. De mitad para arriba jugaban Coudet, Ledesma, Zapata, Cambiasso, Ortega, D’Alessandro, Cardetti, y luego apareció Cavenaghi. Peleó palmo a palmo el Apertura 2001 con Racing y obtuvo, seis meses mas tarde el Clausura 2002, de la mano de Ramón Díaz. El Cambiasso que usó la banda no se pareció en nada al que hoy vemos en Italia. Ramón le dio absoluta libertad creativa y lo eximió de responsabilidades en la contención, favoreciendo de este modo, una de las mayores virtudes reconocidas de su juego: La llamativa facilidad para llegar al gol, ya sea anticipando de cabeza, aprovechando un rebote o apareciendo por sorpresa acompañando el ataque.
Debutó un extraño domingo por la tarde ante Gremio de Porto Alegre por Copa Sudamericana. Esa tarde hizo el primero de sus 14 goles en River. Además, sumó 9 en el Apertura 01, 3 en el Clausura 02 y 1 en la Libertadores 02, con el valor agregado de haber marcado 2 veces ante Boca, el segundo de ellos, en La Bombonera bajo la lluvia, en la inolvidable tarde de la vaselina de Rojas. Su último cotejo fue en el Gigante de Arroyito en un 3-2 ante Central, la noche de las cabezas teñidas, como parte del festejo del Clausura obtenido ante Argentinos una semana antes.
Real Madrid se lo llevó a mitad del 2002, e inauguró su segunda etapa en Europa. Y aquel elegante y distinguido pichón de Redondo, se volvió un jugador mas pragmático, se apegó a los esquemas, se amoldó a las ataduras de los sistemas tácticos. Prefirió la obediencia a la rebeldía y su talento le cedió paso a la subordinación. No le fue para nada mal. Ganó una Liga, una Supercopa y una Intercontinental con el Merengue, y 4 Scudettos, 2 Copas Italia y 3 Supercopas con Inter de Milán.
Como Sansón, con sus pelos perdió la fuerza. Se convirtió al fin de cuentas en un muy buen futbolista (calvo) de puesto indefinido. En el camino se fue quitando el traje de crack, que acompañó en sus inicios al pibe de principescos rizos rubios que supo ser. Seguramente, en algún lugar profundo de su personalidad, Cambiasso debe añorar aquella breve experiencia en Núñez, lugar donde el talento que lo habita encontró tantas libertades como nunca más en su carrera.

martes, 23 de febrero de 2010

DARÍO CONCA


En los últimos años River ha establecido un prototipo físico en el cual se han encuadrado muchos de los elementos surgidos de sus divisiones inferiores. Chiquitos, frágiles, veloces, habilidosos. Casualidad o causalidad, este target es el mismo para definir a Diego Buonanotte o Andrés D’Alessandro; A Daniel Ludueña o Pablo Aimar; A Damián Álvarez o Javier Saviola; O hasta los mismos Marcelo Gallardo y Ariel Ortega.
Darío Conca es un producto mas de la cantera millonaria circunscrito a estas características, aunque existe un detalle fundamental que lo diferencia del resto anteriormente citado: Él alcanzó el reconocimiento bastante lejos del Monumental de Núñez.
Nació en Talar de Pacheco el 11 de Mayo de 1983. Media varios centímetros menos que su actual 1,68. cuando llegó a River a los 15 años, luego de que lo vieran jugando en la Primera de Tigre, en tiempos en que el Matador de Victoria naufragaba en los tormentosos mares de la B Metropolitana. Hizo 3 años de inferiores y reserva hasta que Manuel Pellegrini lo puso en Primera en un partido ante Chacarita en San Martín. Era el 23 de noviembre de 2003. River perdió 1-0 con gol de Germán Lux en contra.
Jugó un par de partidos más, pero la ida del Ingeniero chileno y la llegada de Leonardo Astrada, lo dejaron sin muchas chances de seguir mostrándose. Es por eso que decidió irse a Chile para jugar en la Universidad Católica de Santiago. Allí encontró pista libre para desplegar sus principales características: La habilidad en espacios cortos y la pegada. En el cuadro de San Carlos de Apoquindo fue campeón del Apertura 2005 y figura destacada junto a su compadre Polo Quinteros.
Sin embargo el lugar en el mundo de Darío Conca no estaría tras la Cordillera de Los Andes, sino a la vera de las cálidas aguas de la Bahía de Guanabara: Río de Janeiro. Fue Vasco da Gama quién se lo llevó en 2007 y rápidamente se convirtió en uno de los preferidos de la torcida carioca. Jugó al lado de Romario y por eso la prensa local lo consideró “O novo baixinho”. Al año fue adquirido por Fluminense de la misma ciudad. Con mas experiencia y conocimiento del medio, y con un plantel de mayor vuelo técnico, Conca lideró los esfuerzos del team tricolor para quedarse con la Copa Libertadores del 2008 y la Copa Sudamericana 2009 –perdió ambas finales con Liga de Quito-.
Tiene 26 años y una carrera en la mitad de su recorrido. Ha logrado construir un nombre reconocido en una terreno habitualmente inhóspito para el futbolista nacional. Darío Conca todavía no logró campeonatos en suelo brasileños pero existe un dato que le da validez a todo lo que se dice de él. En 2008 una encuesta realizada entre todos los torcedores de Brasileirao, lo eligió como el mejor jugador del Torneo.
Y esos tipos, algo de fútbol saben.