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miércoles, 25 de abril de 2012

CABALLERO DE LA FINA ESTAMPA

River Plate 1935/49 - 323 partidos - 0 goles - 6 títulos.

Cuando se hizo cargo de las divisiones formativas de River Plate, tras su retiro como futbolista profesional, el sabio Barullo Peucelle fue bastante gráfico para explicar lo que pretendía. Llamó al grupo de jóvenes que jugaban en la defensa, los reunió en torno a él en el círculo central del campo de entrenamiento, sacó de un sobre cerrado una fotografía y levantándola a la altura de su cabeza y dijo: “Señores, esto es lo que yo quiero de ustedes”. Lo que la fotografía contenía era una imagen de Ricardo Vaghi parando un balón con el pecho. Corría 1942. Vaghí tenía 26 años y ya era un referente ineludible.
   Ricardo Vaghi era un señor. Tenía pinta de señor. Se comportaba como un señor. Jugaba como un señor. Tanto lo era que hasta no era muy habitué de las largas noches de parranda de un grupo de futbolístas tan expertos en la cancha como en la pista de baile. Esa figura altiva, plena de recato y de autoridad, fue una marca distintiva en aquellos equipos riverplatenses que encontraban velozmente el elogio casi siempre por el espectáculo y no por la solidez defensiva. Pero aún en épocas esplendorosas, Vaghi siempre fue un pilar. Pulió su estilo actuando a campo abierto, donde no solo la fortaleza física, sino también el don del timming, era lo único que garantizaba la supervivencia ante delanteros estelares.  Se volvió experto en cubrir las espaldas de volantes que iban siempre y volvían cada tanto, y todo lo hacía con un touch señorial que fue la marca distintiva de toda su carrera.
   Nacido en 1916, y criado a pleno picado en los barrosos potreros del Parque Centenario, cuesta creer que una figura tan adherida a la esencia riverplatense, haya iniciado su camino del fútbol portando la insignia prohibida. “Allá en Boca jugaba poco y nunca me dieron bola, hasta que un día me canse y me fui”, dijo alguna vez. A los 15 años se enroló en Almagro y al año siguiente, gracias al ojo perspicaz de un anónimo socio millonario, el flaquito Vaghi apareció por primera vez en el portón del estadio de Alvear y Tagle para fichar por River.
   Una lesión del zaguero titular Teófilo Juárez, propicio que el Húngaro Emérico Hirschl lo estrenara en Primera el domingo 4 de agosto de 1935. Con 19 años, Vaghi jamás pudo borrar la chochera de ese día por jugar al lado del divo Bernabé Ferreyra, pese a que el humilde Platense haya arruinado la tarde perfecta ganando por 2-0. Fue el primero de 323 partidos con la banda roja, los primeros en forma alternada, y desde 1938 de manera casi ininterrumpida. Supo armar con otros backs inolvidables como el “zurdo” Eduardo Rodríguez o Luis Antonio Ferreyra formidables duplas custodias de la retaguardia de La Máquina, aguantando a pié firme las aventuras de un equipo preparado para el show.
   Ricardo Vaghi fue tal vez el mejor defensor de su tiempo y uno de los grandes olvidados a la hora de las convocatorias para la Selección Nacional, que en esos tiempos era conducida como un feudo por Don Guillermo Stábile, un hombre al que buena parte del plantel millonario le profesaba una alta antipatía, y que prefería la confianza que le otorgaba José Salomón –un buen zaguero del Racing Club que dirigía- a los pergaminos ampliamente reconocidos y elogiados de Vaghi. Quedará como una anécdota en su trayectoria que jamás haya jugado partidos alguno con la casaca Argentina. Una carrera coronada con 6 vueltas olímpicas y la presencia perpetua por una década y media en el cuadro titular millonario.
   El 24 de noviembre de 1949 La banda le ganó a Ferro Carril Oeste 1-0 en el Gasómetro de Avenida La Plata. No fue aquella una tarde felíz para el mundo River. Vaghi trabó firme una pelota y el delantero verdolaga, en la inercia de la carrera, cayó encima de su rodilla rompiéndole los ligamentos y meniscos. Salió de la cancha caminando a duras penas, pero buscando conservar ese porte que lo hizo un caballero distinguido de las canchas. Muy íntimamente sabía que esa era la última vez que se había abotonado en el pecho la casaca de sus amores.

miércoles, 15 de febrero de 2012

EL COME FIERRO

River Plate 1951/1956 - 160 partidos - 72 goles - 4 Títulos.


Antes no era como ahora. Hoy en día los balones de fútbol no son más que globos pintados, se dejan llevar por el aire viboreando con capricho, no acusan recibo del agua y el barro, y tienen más tecnología que un iPad. Hace algunos años un balón de fútbol solamente era eso, una esfera de cuero color… cuero. Gajos cocidos a puntadas y un peso que variaba de acuerdo a las condiciones climáticas. Esos balones se transformaban en balas de cañón cuando el que pateaba franco era alguien como Santiago Vernazza. Si hoy jugara, habría varias Adidas Tango haciendo patito en el Río de la Plata.

A lo largo de toda la historia River Plate se ha beneficiado enormemente de los productos de sus divisiones inferiores, pero también supo de algunas inversiones que resultaron altamente redituables. Una de ellas fue, sin dudas, este muchacho de piernas robustas y torso rocoso, llegado de Platense a cambio de 150.000 pesos, y los pases de Oscar Coll, Juan José Negri y Juan Carlos Muñoz. Vernazza (un muchacho de La Boca, fanático de niño del xeneize, pero seguidor fervoroso de La Máquina en su adolescencia) había crecido admirando los dibujos excitantes de la gambeta de Muñoz por la banda derecha y no podía creer que por él pagaran tanta plata para reemplazarlo.
Traía en su bolsito una humildad que jamás abandonó a pesar del éxito, y una parva de goles de esos que hacían ruido.
A Vernazza le decían el “Guito”, pero sus propios compañeros comenzaron a llamarlo el “come fierro” cuando se percataron in situ en los entrenamientos del poder de su patada. Sus goles estridentes ya eran famosos por sus campañas iniciales en el Calamar, Club del que se fue con 58 goles oficiales, varios de ellos sufridos por Amadeo Carrizo. Pero sus sablazos adquirieron velozmente categoría de mito sirviendo de tracción vital para un equipo que escribió por esos años varias de las páginas más inolvidables de la historia millonaria. Su arribo cerró el círculo de una delantera perfecta, que combinaba su polenta con la magia de Walter, con la eficacia de Angelito, la utilitariedad de Prado y Loustau, más los talentos nuevos de Sívori y Menéndez.
Su disparo cruzado de derecha solucionó varios problemas. Los sacaba a la carrera, impactando sin sutilezas, describiendo una línea fugaz en el desenfrenado e inexorable viaje del esférico a la red. Además, era imposible bancarlo en el cuerpo a cuerpo, por veloz y por potente, y tenía un imán infalible que lo atraía al gol siempre en los partidos importantes. Debutó con la banda sangre en la cancha de Boca, ante Lanús, el 15 de abril de 1951. 15 días luego, le anotaba a Racing el primero de sus 72 goles oficiales en Núñez. Se despidió 6 temporadas después, bañado de gloria, un 11 de noviembre de 1956, en el Monumental ante Chacarita. Como no podía ser de otra forma, lo hizo con un gol de su sello. Nunca más volvería a jugar en canchas argentinas.

Fue Walter Gómez quien recomendó su compra al Palermo de Italia. Sus 4 temporadas en la isla de Sicilia aún son recordados con respeto. Dejó el populoso Sur por el opulento Norte cuando AC Milan lo compró en 1961. Cuando decidió el retiro llevaba puesta la “magglia biancarossa” del Vicenza.

Tras las urras volvió a ser el anónimo que nunca quiso dejar de ser. Pero no del todo. Sus sonoros viandazos aún perduran en el recuerdo de un arco con redes sacudidas o en el chirlo seco contra el muslo de algún valiente que osaba interponerse en su remate. Hoy, sus 83 años de un hombre que ha vivido la vida son el mejor testimonio de una porción enorme de nuestra mejor historia.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

LA HORMIGA LABURANTE

River 1989/98 - 2000/01 - 312 partidos - 19 goles - 10 títulos.

“¡¡¡Hernán Díaz, artista exclusivo de Canal 13!!!!”, decía Marcelo Araujo cuando todavía resultaba gracioso escucharlo. En la pantalla, un morochito con la camiseta 4 de River se retorcía ampulosamente de dolor en el piso, como si lo hubiera picado una cobra de Birmania. Había volado por los aires un centésimo antes de la patada adversaria y había levantado la gente, en un gesto muy suyo, tribunero, aparatoso, intenso, querible para los propios, pero absolutamente odioso para los de enfrente. Así era Hernán, un jugador que no negoció nunca su entrega al ciento por ciento. Siempre fue uno de los soldados mas fieles de la causa. Eso le alcanzó de sobra para quedar en el recuerdo.
Siempre fue una hormiguita laburante del fútbol. Obrero todo tiempo, cuando los lujos rebalsaban o cuando la austeridad era la ley. Había arribado a Baires manejando desde Rosario su humilde Fiat 128, sabiendo que debía pelearla en un medio que apenas lo conocía tras su paso por el Central campeón de la temporada 86/87. Por aquel tiempo era un volante polifuncional que se animaba a ambas bandas y no renegaba si lo bajaban a la defensa. Siempre tuvo su puestito entre los 11 o como alternativa titular ya sea en la avara primera etapa de Mostaza o en el cambio de cara propuesto por el primer Daniel Passarella. Ya había mostrado sus garras y su perfonalidad en una célebre carajeada con la platea Belgrano, una tarde en que arreciaban los insultos y un gol a Mandiyú fue la excusa perfecta para descargar su impotencia a puro corte de manga.
Ya asentado en el juego y la vida millonaria, Hernán Díaz erigió una campaña sólida y referencial. Su nombre aparece adherido a varios de los grandes recuerdos de los últimos tiempos. Siempre tan vital, energético y sanguíneo. Atildado, y haciendo siempre la simple, iba al ataque con decisión, defendía con ahínco, actuaba en un límite reglamentario que a veces excedía, sobre todo en los superclásicos ante Boca, donde su pasión a menudo lo sacaba de las casillas y varias veces fue expulsado, incluso aún como ayudante de campo de Leonardo Astrada.
Ramón Díaz fue el técnico que extrajo lo mejor de su juego, pero fue con él (como varios nombres de ese plantel exitoso) con quien mantuvo una relación de tensión permanente sostenida solo por la mutua conveniencia. En 1999 Ramón le bajó el pulgar y tuvo que emigrar a préstamo a Colón de Santa Fe. Ya en su vuelta a Núñez, una tarde del 2000 ante Chacarita Juniors con el Tolo como DT, Ramón fue a inyectar veneno a la platea baja de la Sívori. Hernán metió el quinto de la goleada y se fue a la pista a dedicarle el gol revoleando la camiseta. Un Hernán auténtico.
Dio 10 vueltas olímpicas con la banda roja. Parecía inagotable pero una día dijo basta. Se fue para siempre la noche del 10 de junio 2001 en el Monumental ante Lanús. 12 años habían pasado desde su debut con la banda, el 23 de agosto del 89 ante Newell's. Lo hizo en su ley. Fue fuerte al piso, encontró un tobillo y no una pelota y el juez Claudio Martín le mostró la segunda amarilla. Se fue protestando con los brazos abiertos. Lo despidió un aplauso demasiado tibio para todo lo que había entregado.

lunes, 11 de julio de 2011

EL ÚLTIMO VALIENTE


Dicen que una imagen vale más que mil palabras. Pero ¿Qué imagen te justifica, viejo Pelado?. ¿Cuál de todas?. Dicen que un gran guerrero vale más que mil soldados, y quién podrá reprocharte algo, león indomable, orgullo de nuestra sangre, ahora que has guardado el sable para siempre y te entregas a la lucha desde otra trinchera. Quién osará un ápice de crítica ante ese fervor desbordante que regalaste, ante ese compromiso a rajatabla que sostuviste, ante esa hombría majestuosa. Cómo achacarte la mínima culpa de todo lo que nos ha pasado a todos, ante lo enorme que diste por la causa.
Todavía llevo las palmas rojas de aquel aplauso cuando trabaste con la cabeza ante Brítez Ojeda en el Ducó. Aún perdura la picazón en la garganta de ese grito de gol ante Banfield, cuando le diste el pase a Pavone tras imponerte a puro huevo y coraje, solo ante toda la defensa contraria. Sigue estando en los ojos aquel orgullo riverplatense que provocaste cuando ya con la derrota consumada te besaste el manto sagrado enfrente de toda La Doce y sus insultos.
Fue amor, Pelado. Por eso volviste de la comodidad de la historia para mancharte con el barro de nuestra realidad. Fue amor, para resignar guita incobrable y ser el primero en la fila de las prácticas, para ponerte el brazalete y capear el temporal con vergüenza y dignidad. Fue amor, para seguir al frente con el estandarte aún cuando el físico hacía rato te había abandonado, y así y todo ser el mejor. Para sufrir como un condenado atrás de los carteles el desenlace de una historia que, hoy a la distancia, parecía ya escrita.
Hace unos años, ante la idea alocada de propiciar su retorno, me permití escribir que era imposible hablar de Almeyda sin recurrir al tiempo pasado. Este homenaje también es un pedido de redención, y un brillo de esperanza a futuro, curiosamente de la mano del tipo que desafió a las reglas estrictas del tiempo y dobló la muñeca de la desconfianza portando como muy pocos el peso de la casaca banda sangre.
De esa casaca ya sos historia, querido Pelado. Serás ídolo y leyenda. Serás Minella y Pipo Rossi. Serás Mostaza y Leo Astrada. Serás el alma del león herido, serás el esfuerzo salvaje, serás ese físico titánico y ese gesto de grandeza. Serás esa melena al viento a la Corazón valiente. En efecto, el último de los pocos valientes en este bardo.
Ahora Pelado, ahora que te has despedido, ahora, antes de que inicie la nueva batalla que trataras de librar, ahora que la angustia afloja apenas un poco, ahora es el momento de decirte gracias por haber hecho lo que hiciste.

miércoles, 1 de junio de 2011

EL PULPO NEGRO

River Plate 1975/ 80 - 207 partidos 83 goles – 5 títulos


Hubo gente que se pasó toda la vida intentando sin poder, pero a Leopoldo Jacinto Luque le costó poco realmente muy poco convertirse en ídolo de River Plate. 85 minutos para ser exactos. El tiempo del partido en La Bombonera de Buenos Aires que transcurrió hasta que ese histórico gol en el arco de la Casa Amarilla. Salió festejando como siempre, con la melena al viento, felino, el rostro aún sin bigote repleto de gol. Primera toma de una postal que se repetiría seguido en el lustro siguiente.
Hablar de Luque es hablar de uno de los mejores delanteros de los 70. Varios se han roto la cabeza intentando resaltar lo mejor de su juego, hasta que concluyeron que era inútil. Luque fue una de las síntesis mejor logradas de lo que entendemos por delantero completo. Era rápido en la larga, era técnico en la corta, era potente en la fricción, era frío en el área, era un peligro todo tiempo. Su sonoro nombre a prueba de olvidos lo metió velozmente en el inconsciente colectivo del país futbolero, y solidificó su estampa de crack con una carrera relativamente fugaz (debutó en primera a los 24 años) y una cuenta frondosa de goles de esos que estremecen corazones.
Pero el Leopoldo Jacinto era sinónimo de muchas cosas más aparte de gol. Aragón lo trajo para hacer olvidar a Carlos Morete, emigrado a España. Aunque rápido se comprendió que Luque era mucho más que el Puma y su llegada abriría un inusitado abanico de posibilidades. Cimbreante, intenso, sus mechas negras de lampazo y sus extremidades infinitas le daban la propiedad de los felinos en cacería de parecer en movimiento aun quietos.
Debutó con un gol en La Bombonera y a fin de año ya daba su primer vuelta olímpica en aquel inolvidable 28 de diciembre del 75 en Rosario. Al tiempito, una noche le metió el solito 5 goles a San Lorenzo, algo que solo Bernabé y el Charro habían logrado. Armó con Víctor Marchetti una dupla irresistible que rompió redes durante el Metropolitano de 1977. Dio lecciones de coraje para sobreponerse al dolor físico y mental (lesión en el codo, muerte de su hermano) y anotar goles clave en el Mundial 78. Fue artífice fundamental y goleador siempre presente en el tricampeonato riverplatense de 1979 y 1980. El 16 de noviembre de 1980 jugó su último partido con la banda roja en el pecho. Fue en el Chateau Carreras ante Instituto. En el complemento lo reemplazó un pibe que ya comenzaba a hacerle sombra llamado Ramón Ángel Díaz.
Volvió a su Unión de Santa Fe, pasó por Racing de Avellaneda y hasta por Firmat FC. Trajeron a Kempes para reemplazarlo pero ocupar su espacio vacío costó mucho, en tiempos donde la abundancia de recursos ya no era la misma. Todavía al día de hoy, los que queremos explicar como juega tal delantero, con caracteristicas goleadoras, técnicas y potentes, caemos en su nombre como un ejemplo inviolable. Es que la estampa de Luque sigue allí, marcando el pase con el índice, picando pelo al viento, definiendo inapelable, gritando el gol ante una tribuna delirante.
Es Luque uno de lo mejores delanteros de la historia de River Plate. Es Luque el jugador que se hizo ídolo en su primera tarde vistiendo el manto sagrado. Es Luque el recuerdo de tantas jornadas felices que se añoran hasta el dolor.

miércoles, 20 de abril de 2011

EL MENCHO DE GUALEGUAY

River Plate 1989/93 - 1996/98 - 198 partidos - 74 goles - 8 títulos


Un domingo de 1990 ante Estudiantes de La Plata, nos dio un campeonato convirtiendo desde posición cerrada, luego de esquivar al arquero pasando por el lado contrario de donde había tirado la pelota. Otra vez en 1992, ante Huracán en el Ducó, le pegó tal taponazo al balón, que el pobre Manuel Serrano tuvo que apartar la cabeza para que no se la arranque. Esa misma temporada, en Avellaneda ante Racing, pegó tal derechazo tres dedos que la pelota tomó una parábola inverosímil y se metió en el ángulo del segundo palo, dejando parado a Carlos Roa. Casi un año mas tarde, un viernes por la noche ante Lanús en el Monumental, dos goles suyos con la ceja abierta de un tajo le dieron a River una victoria clave para el título.
El Mencho no manejaba la fina ironía, no leía entre líneas, no tenía doble discurso ni mucho menos medias tintas. Era dueño de enormes silencios que culminaban en el repentino estallido de todos. Sincero, honesto, cristalino. Cuantas mandadas al carajo se habrán ahogado cuando detonaba en la red contraria alguna bomba de su pie derecho. Cuanto pelotazo al alambrado, cuanto chapón de publicidad abollado, cuanto “ooohhhhh” de desencanto. Así era el Mencho. Había que tomarlo o dejarlo. Autor de pifies sonoros y de golazos celestiales, hijos de su tosca polenta entrerriana y de una fe ciega en sus condiciones. Fogueado en las brasas de una humildad que lo hacía querible hasta el extremo.
Llevó durante largas temporadas la número 7 en la espalda, la de Muñóz, la de Vernazza, la de Pedrito, la de Alzamendi. Llenaba cada centímetro de esa casaca con su polenta descomunal y con su personalidad diáfana y sumisa, incapaz de un gesto o descalificación. Vino a Núñez en 1989 y al rato mandó al mismísimo Batistuta a comer banco. Passarella le dio mucha pista y en él encontró un delantero con mucho gol, pese a no ser nunca un artillero hecho y derecho, que se complementó bárbaro con Polillita Da Silva primero y Ramón Díaz después. Ambas duplas grabaron a fuego los noventa en el Monumental.
Lanzado y con espacios era letal. Su físico rocoso era inamovible en el cuerpo a cuerpo y sus piernas de roble poseían una velocidad llamativa para el peso nada liviano que transportaban. Tenía siempre el arco en la mira y le daba sin asco ni vergüenza desde cualquier lado, pero también era capaz de inventar cabriolas insólitas en la búsqueda del festejo. Hizo goles a montones, festejó varias vueltas olímpicas, y se metió tan hondo en el corazón del hincha, que fue imposible no extrañarlo cuando los japoneses del Yokohama Marinos se lo llevaron en principios de 1994, o cuando ya con las piernas gastadas, se despidió para siempre de Núñez en 1998, tras volver para ser participe del ciclo exitoso al comando de Ramón.
Medina Bello jamás jugaba para la tribuna, no le gustaban las poses heroicas ni los reportajes extensos, no impostaba nada, no se peleaba con los rivales, no gesticulaba, no mandaba en cana nadie, nunca le hizo goles a Boca. A veces el hincha le otorga el título de ídolo a personajes mucho menos complejos de los que nos pretenden imponer. La fuerza de sus goles y la transparencia de tipo buenazo lo elevaron como referente de la banda roja. Y allí se quedará para siempre.

miércoles, 2 de marzo de 2011

SEÑOR ESTAMPILLA

River Plate 1938 / 1953 - 393 partidos - 0 goles - 6 títulos.


Pacha!!!. Vos vas con Erico, eh!.
Norberto Yácono era un hombre de desafíos constantes. Lo debe haber aprendido en su infancia transcurrida en el barrio más riverplatense de la historia, La Boca, pero que ya para esos años en la década del 20, comenzaba a compartir cuña con el mal necesario. El pequeño Pacha era enfermo de River. A los 6 años lo hicieron socio del club y jugaba a ser Bernabé Ferreyra en sus tardes del Colegio San Juan Evangelista. Nunca hubiera pensado que juntos, jugarían respectivamente el primer y último partido de sus carreras.

Pacha!!!. Mirá que Boyé es tuyo, eh!.

Había nacido el 8 de enero del 19. Dicen que su vieja no veía con buenos ojos que a su nene le gustara más la pelota que el estetoscopio, pero tuvo que rendirse ante lo inevitable cuando en 1933 se llevaron a probarse en River y quedó de una. Allí empezó a despuntar ese estilo tesonero e inclaudicable que tanto enamoraba a su tribuna y molestaba a sus ocasionales marcados. En verdad eran muy pocos –y menos su madre- los que hubieran creído que ese tanito retacón alcanzaría a jugar 393 partidos oficiales en el club mas importante del país.
Pacha!!!. Vas con Pontoni, vos!.
Desde 1938 a 1953 cada domingo le representó una aventura diferente, pero su misión siempre era la misma: Anular al crack adversario, los que no solo rebalsaban de talento sino también de mañas. Se mordía los labios, abría grandes los ojos y se posesionaba con el esmero de un perro encarnizado. En una de sus primeras tardes como profesional, tuvo que marcar al legendario “Chueco” García, y fue tal la intensidad de su custodia que al termino del juego, el wing de Racing lo elogió ante la prensa diciendo “lo felicito, se me pegó como una estampilla”. Desde allí, decir Yácono, y decir estampilla eran lo mismo.
Hoy marcás a Tucho, Pacha!.
Jugó en el mejor equipo de la historia, La Maquina. Y lo hizo por comprender rápido sus limitaciones y por saberse pieza clave en un rubro específico. Es que La Máquina no era Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau. Fueron 11 tipos que concebían el oficio del fútbol de una misma manera; O sea, como el arte de defenderse bien y atacar mejor. Es por eso que el fulgor de los cinco estelares podrá eclipsar pero jamás borrar la otra cara fundamental de ese superequipo: La defensa. Tipos anegados y comprometidos, dispuestos al sacrificio personal en pos del brillo colectivo. Y en ese laburo, nadie mejor que el Norberto Yácono.
Pacha!!!. Pegátele a De la Mata, dale!.
Habrá oído esa orden mil veces en su carrera. Anegó su figura con tal de opacar al mejor de los contras. Pacha rendía cuentas siempre con puntualidad. Era un especialista, de esos que ahora se ven poco por nuestras canchas, confundidos por el vendaval del polifuncionalismo que obliga a los jugadores a saber hacer un poco de todo, y al fin de cuentas, no hacer nada bien. Después de 16 años, 6 campeonatos y 393 partidos, el 21 de junio de 1953 jugó su último partido en Manuela Pedraza y Cramer ante Platense. Se fue a México a actuar en el América. Luego anduvo por Canadá y se retiró en el 60 siendo el primer jugador argentino en actuar en la Liga de fútbol de los Estados Unidos. Mas tarde siguió ligado al fútbol en el rol de técnico, ya sea de profesionales como de juveniles. River –su casa- lo acunó como coordinador de inferiores en los últimos días de su vida, que llegó a su fin en noviembre de 1985.
Desde allí y para toda la eternidad, el ángel gambeteador de todos los cielos jamás volvió a dormir tranquilo, sabedor de que Yácono pidió marcarlo en el duelo celestial.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

ES LO TUYO, ANTONIO

River Plate 1982-83 / 1986-88 - 102 partidos – 43 goles – 3 títulos.
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Corre Antonio. No se porque siempre lo imagino corriendo. Siempre corriendo. De cara a un arquero o desatado en un festejo, como aquella madrugada del 14 de diciembre del 86 entre las bocinas de Tokio, cuando se ganó para siempre el pase a la eternidad. Corre Antonio y no lo pueden alcanzar. Libre. Vital. Prepotente. Rápido como una flecha lanzada con extrema precisión. Antonio apuntaba al corazón, y rara vez fallaba.
Corre Antonio y no pares de correr. Que mientras vos corrés, uno delira envuelto en sus recuerdos. Allí donde todo es perfecto perpetuamente, donde tus piques en diagonal siguen siendo imposibles de perseguir y tus definiciones certeras jamás pasan de moda.
Siga disparando, querido Antonio. Desde sus piernas atómicas detone el fuego inmaculado, desde su timming para el contragolpe levante tribunas impacientes. Parta raudo una vez más hacia esos estallidos imborrables. Carrera loca. Brazos abiertos. Torso erguido. Boca llena de gol. Beso a la casaca.
Corre Antonio. Corre sin parar. 7 en el lomo. Perseguido por algún defensor impotente pidiendo off side. Atrás, una estela de aire tenso acompaña su camino, escrito con la tinta de los goles y los campeonatos. Un camino con comienzo esquivo allá por el 82, y que obtuvo revancha como punta de lanza de un equipo apoteótico, amado por su pueblo, que golpeó los portones del cielo en 1986. Portones que abriste, Antonio, con ese gol dinosaurio ante el adversario rumano, bajo aquel plomizo gris del mediodía nipón.
Antonio Alzamendi Casas. Oriental de Durazno. No siempre es necesario haber nacido en la cuna del club, transitar con tezón las inferiores, debutar y consagrarse con la casaca banda sangre o volver para llenarse de gloria. Para ser ídolo a veces alcanza con ciertas cosas puntuales. Como por ejemplo, estar en el lugar indicado, en el momento justo. Y Antonio si que estuvo.
Entonces corré Antonio. No detengas tu carrera en el imaginario millonario. Corré y la ovación del “u-ru-guayo!!!” bajará para hacerte compañía hasta el final de los tiempos. Corré Antonio. Al gol, al festejo, al delirio. Es lo tuyo.

jueves, 11 de noviembre de 2010

EL FANTASMA BUENITO

River Plate 1966-71 / 1973 - 250 partidos - 118 goles - 0 títulos.
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Primero le dijeron el fantasma. Merodeaba las áreas como desentendido, se esfumaba de la vista de todos, y luego aparecía por sorpresa en el lugar menos pensado y causaba pavor en las defensas contrarias. Los goles se le caían de los bolsillos. Mas tarde lo llamaron simplemente Tito. Para ese entonces ya era mas hombre y menos pibe, y también era mas jugador que promesa. En esa mutación hipotecó el 9 de área y descendió al mediocampo para seguir marcando diferencia, en este caso para asistir a delanteros de gol. Daniel pudo lograr su brillo propio al resguardo de la tremenda sombra emanada por la figura de su hermano mayor, Ermindo. Es difícil establecer cuando dejó de ser “solo” el hermano de. Arribar a eso tal vez sea el mayor logro de su carrera.
Llegó de Las Parejas y al rato ya estaba en la primera jugando al lado de su hermano. Renato Cesarini, aquel zorro maestro del juego y de la vida, lo agarró en el vestuario del Monumental en la noche de su debut ante Boca, y de un sermón le sacó todos los nervios que podía tener. “Yo creo que usted es mejor que el Ronco. Ahora demuestremelo, carajo”. Aquel estreno en la Copa Libertadores del 66 lo marcó a fuego. A los pocos días anotaba ante Lara FC el primero de sus 17 tantos en ese torneo, cifra hasta hoy jamás superada para un solo certamen. Era certero en el área para el toque final, tenía el olfato necesario, pero también sabía ganarse sus chances en base a una habilidad difícil de descifrar.
La partida de Ermindo a Peñarol de Montevideo a fines del 68, lo redefinió en cuanto a estilo y protagonismo. Labruna lo retrasó a la función de armador de juego y allí volvió a romperla, ya no tanto como artillero sino como fino estratega. Bajaba y metía bochazos precisos de 40 metros al pié del compañero. La llevaba cortita mientras buscaba paciente un hueco y la largaba en cortada, como cuña entre los zagueros para el pique de Oscar Mas, su eterno socio del gol. Se anotó 5 veces en el superclásico. Tenia el temperamento mas caliente que el de su hermano, aunque no su chispa genial. Sufrió junto a varios próceres de los años oscuros, la injusticia de la reprobación de una tribuna contrariada por los repetidos fracasos. Daniel jamás negoció su estilo. Nunca. Ni siquiera cuando Didí llegó a Núñez con una escoba barre referentes y que –en parte- obligó a su préstamo a Racing para la temporada de 1972.
Daniel Onega convirtió 118 goles con la banda roja y es el octavo anotador de nuestra historia. Nadie sabe cuantos más hizo hacer. A finales del 73 eligió irse a España para jugar para el Córdoba. Su retiró se daría unos años mas tarde en Millonarios de Bogota.
Su apellido significa otra forma de decir River, vaya novedad. El pequeño Daniel nació en una casa cuyo principal adorno era un banderín del millonario, y las fotos de las glorias de La Máquina. Con el genio de Ermindo como espejo, edificó una carrera célebre aún sin el aporte sustancial de las vueltas olímpicas. Dos nombres propios y un destino sin gloria el de los Onega, que sin embargo se yergue en la historia riverplatense con la imponencia de las Torres Gemelas.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

MUCHO MAS QUE UNA TRIBUNA

River Plate 1954 / 1957 – 63 partidos – 28 goles – 3 títulos.
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De que pacto diabólico habrás surgido, demonio petiso. Que bruja nicoleña habrá untado mágicos conjuros en tus pies prodigiosos. Que regla no escrita habrás violado, para aguijonear con el filo de tu regate, el éxtasis de una tribuna rendida.
Que maestro suburbano te habrá inculcado tu gracia, diablillo de la gambeta. Que códigos ocultos jamás pudieron descifrar, aquellos que a patada limpia descargaron su impotencia. Cuantas redes del planeta habrás desvirgado con remates imparables.
Sivori. Enrique Omar. El cabezoncito de San Nicolás. 17 años en las valijas cuando lo mandaron a la cancha, una tarde de domingo de abril de 1954 para reemplazar al mito viviente que ya por ese entonces era Ángel Labruna. Cara de nene, mechón rebelde cayendo sobre la frente, físico retacón, medias caídas y porte de malandrín desorejado. Es esa misma estampa que se le vio aquella tarde de mayo del 69 en el San Paolo de Nápoles, cuando jugó el último partido de su carrera. Había acumulado gloria, fama y dinero en generosas partes iguales, pero el código del barrio y el potrero no se había ido de su sangre. Es difícil encontrar un elogio mejor que este.
Sivori llevaba a Satanás en las piernas. Podía sentar de traste a toda una defensa, o golear desde posiciones inverosímiles. Era un reo y un divo al mismo tiempo. Las ataduras tácticas le molestaban tanto que, simplemente, no les llevaba el apunte. Lo distinguía del resto el ángel especial que acompaña el paso de todos los fenómenos. Como en el picado, actuaba libre haciendo lo que quería. Su genio malarreado lo metía a menudo en problemas con zagueros de pocas pulgas y con árbitros quisquillosos, pero siempre escapaba indemne, porque además de un genio del fútbol, también era un pillo de aquellos. Era el niño mimado de nenes como Pipo Rossi, Carrizo, Labruna o Walter Gómez, subió a primera en 1954 en yunta con el Beto Menéndez y su talento descomunal elevó aún mas el porte infranqueable de aquel equipo riverplatense. Angelito alguna vez dijo “Menéndez le era mas útil al equipo, pero Sivori levantaba a la gente”. Se fue a Italia a los 21 años. Media comisión directiva se opuso terminantemente a su venta, pero pesó mas la postura de la otra parte que razonaba diciendo que nunca más se pagarían 10.000.000 de pesos por un futbolista.
Su paso por Juventus de Turín lo puso a la altura de los grandes dioses del fútbol de todos los tiempo. Con el dinero abonado, River cerró la histórica herradura que apuntaba al Río de la Plata. Dijeron por ahí que la vida de un hombre puede definirse por lo que ha ayudado a construir. Falso. En el mundo River todos tenemos en claro que Sívori es mucho, pero mucho más que una tribuna.

miércoles, 28 de julio de 2010

HACEDOR DE MILAGROS

River Plate 1973/ 1983 – 403 partidos – 7 títulos.
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Para los convencidos de que existen los guiños del destino, esta anécdota reafirmará su postura. A los 14 años, el joven Fillol trabaja en un restaurante de su pueblo, San Miguel del Monte. Un día llega un señor elegante y de acento raro que se acerca, lo saluda y le dice algo que de por vida le quedará grabado: “Eh, pibe, que manos grandes tiene, usted va a ser un buen arquero”. El pibe al que todavía no le decían el Pato, lo saluda y se queda inquieto. Años después de su retiro, rememora esa anécdota y se interesa por saber quién era aquel señor atento y misterioso. Casi se cae de espaldas cuando le dicen que ese tipo era Renato Cesarini.
Es tremendamente difícil adjetivar a un arquero como Ubaldo Matildo Fillol. Así que –sencillamente- desistiremos de hacerlo. Que sentido tiene anteceder su apellido con los trillados términos de monstruo, fenómeno, genio, maestro. Sin embargo, su recuerdo aún convoca a la exageración, a la desmesura del calificativo, al aumentativo poco racional. Pocas veces en la historia de este juego, fantasía retórica y verdad periodística tuvieron tales niveles de coincidencia.
Tenía 19 años Fillol cuando debutó en Quilmes. 22 cuando lo compró Racing y comenzó verdaderamente a destacarse. Cuando tenía casi 24 entró al Monumental con el buzo de River por primera vez, era octubre de 1973 y el rival San Martín de Mendoza. Fillol era ya un superdotado. Un prodigio físico. Compensaba su mediana estatura con una potencia de piernas inaudita y con el don natural del reflejo y el anticipo. Pero solo explotó cuando alguien se jugó a pleno por sus condiciones irreprochables. Ese alguien fue Ángel Labruna. Desde 1975 en adelante, su nivel adquirió dimensión estratosférica. El River del feo iba para adelante como loco, atacaba hasta con los defensores y necesitaba el respaldo de un -y perdón por el adjetivo trillado- coloso en el arco. Volaba etéreo a los ángulos, achicaba feroz en el mano a mano, era arrojado y valiente, dirigía la zaga desde la sobriedad de sus ademanes, humillaba con la solvencia de sus reflejos sobrenaturales.
Fillol hizo verdaderos milagros en la valla millonaria. Milagros que están a la altura de las genialidades de Alonso, los goles de Morete y Luque, los desbordes de Pedro González y Ortiz, las corajeadas de Passarella. Atajó 16 penales. Dio 7 vueltas olímpicas. Ganó un Mundial. Lo eligieron el mejor del mundo. Algunas tapadas suyas forman parte del imaginario colectivo millonario como aquel cabezazo de la Bruja Verón en la cancha de Vélez en el Nacional 75 o el mano a mano a Sthelik en la final ante Unión en el 79. Se erigió en bandera histórica del club. Defendió sus intereses a cara de perro ante un viejo pillo como Aragón Cabrera, y no tuvo reparos en plantarse en huelga, dándole allí tal vez, las únicas chances de jugar a la Foca Landaburu, su eterno suplente. Una tarde de 1983 ante Racing, jugó su último partido en River. Parecía que eso nunca iba a ocurrir.
Siguió haciendo historia a su modo. Se fue a Argentinos con Labruna y allí contuvo los últimos instantes de vida de nuestro viejo maestro. Pasó por Flamengo de Río de Janeiro y Atlético de Madrid. Soportó estoicamente que Bilardo lo deje afuera sin explicación de la Selección que ganaría el Mundial de México. Volvió al Racing de Basile donde obtuvo la Supercopa de 1988 y se retiró en Vélez ya entrados los noventa.
Otro guiño del destino quiso que sea el hogar de sus grandes proezas, el escenario para su última y brillante exhibición. River peleaba el título y se encontró cinchando para poder doblegar a quién tantas veces se mostró infranqueable con la banda roja en el pecho. Fillol no cedió.
Hubo un penal. El polillita Da Silva habrá levantó los ojos y lo debe haber visto, como tantos otros antes, agigantarse poco a poco, adueñándose lentamente de una circunstancia que conocía de sobra y en la cual era insuperable: La de manejar la presión. Cuando partió el remate a la derecha y a media altura, poco importaron los 40 años y la decisión del retiro ya masticada, el Pato Fillol voló palmas y sus puños enviaron el grito del Monumental al corner.
Se levantó con la dificultad de un perro apaleado. Apartó rápido los abrazos de sus compañeros. Muy dentro suyo sabía que lo que había pasado no debió nunca haber sucedido. Al otro día, un rotundo y unánime 10 de la prensa lo despedía como corresponde. Solo porque existió Amadeo Carrizo no me animaré a decir que fue el mejor arquero de la historia de River. Aunque tengo muchas ganas de hacerlo.

lunes, 14 de junio de 2010

EL REY DE LA MILONGA

River 35-44 / 46-48 - DT: 1964 - 320 partidos - 180 goles - 5 títulos
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¿Será verdad que los futbolistas juegan como viven?. El caso de José Manuel Moreno es el evento mas paradigmático que afirma el postulado. Se sospecha que quién expresó esta idea acababa de leer una biografía de este muchacho que se creía un superdotado y terminó convenciendo a todo el mundo de que efectivamente lo era.
José Manuel Moreno, el fanfa, el charro. Buque insignia del River de todos los tiempos. Desmentidor por los siglos de los siglos del apodo de gallina. Hace de su cuerpo su norte y su bandera. Cuerpo diestro, vigoroso, incondicional, que no aplana picardías, pero desconfía de toda vacilación. La flojedad es un fantasma lejano en tanto abunden vanidad, orgullo y amor propio.
¿Es de goma que salta sobre el salto y cabecea siempre?. ¿qué come para trabar y llevarse diez pelotas de diez?. ¿qué pócima bebe para no cansarse nunca?. ¿De que fanfarria salió que la tiene atada?. ¿qué Dios le dicta cuándo tocarla, cuándo repartirla, cuándo castigar al arquero?.
Engranaje mayúsculo de La Máquina, socio de Ángel Labruna, de Adolfo Pedernera, de Alfredo Di Stéfano, Pero él va mucho mas allá, porque establece una relación en la que el acto épico, lo majestuoso, y el juego son sinónimos. Una tarde en la cancha de Estudiantes, solo y a piña limpia protege al arbitro de los iracundos hinchas. Otra tarde, la del regreso de México en el 46, va tanta gente a la cancha de Ferro que el alambrado cede. Moreno no: Mete tres goles, lo sacan en andas, levanta los brazos, saluda, como un estadista.
En México es compinche de juerga de Agustín Lara y de Bette Davis. Va a los toros con Manolete, es amigo de Cantinflas y "amigo" de María Félix. Allí, el Charro acrecienta su mito, porque la cultura de ese lugar le cae como anillo al dedo, es decir, la exaltación del vigor físico, el desafío, el machismo. Entonces las proezas (futbolísticas, etílicas, sexuales) no solo deben ser consumadas, también deben ser evidentes.
José Manuel Moreno. El que se crió en la Boca y es Gardel en River. Dicen que no hubo mejor jugador que él y que bailaba mejor de lo que jugaba. Para eso entrenaba bailando tango en el Marabú o el Chantecler, y baila tango entrenándose en el Alvear y Tagle o el Monumental. Atleta sin igual, Pinta arrolladora, bacancito atorrante, genial todocampista, ducho en el billar, con los autos, los burros y el boxeo. Galán en telenovela, gomía de Pichuco y Discepolín. Un par de esposas, amantes incontables y sex simbol de una época. Icono de una tiempo irrepetible para el juego y para la joda. Vivió para gastar la vida, como la gastó en el verde césped. Es decir: Jugó como vivió.
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Sobre un téxto de Walter Vargas, al cual se le han modificado, suprimido y agregado algunas cosas, para que el robo no sea tan descarado.

martes, 11 de mayo de 2010

SENCILLAMENTE CHAPLÍN

River Plate 1942 / 1957 – 365 partidos – 101 goles – 8 títulos.
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Lo deben haber dejado en las puertas del Monumental envuelto en papel celofán, dentro de una cajuela con la leyenda de “Cuidado, frágil”. En la cancha, el viento se embolsaba en su casaca siempre holgada, y lo arrastraba como una pluma liviana hacia las libertades que el fútbol de aquellos equipos riverplatenses no solo otorgaban, sino que también exigían. Loustau era una marioneta insólita. Un títere desgarbado que nunca enredaba sus piolines al describir arabescos extraños con el balón en sus pies o transitando durante 90 minutos distancias inverosímiles, dignas de los atletas mejores dotados, cosa que él no era.
La prensa deportiva, siempre tan afecta a la exageración en el calificativo, jamás estuvo tan certera a la hora de crear un apodo. Chaplín. Así y todo, Felix Loustau jamás convocó a la risa o al llanto, y si al respeto y la admiración. Tenía el físico de un jockey y cuando salía a la cancha parecía más una mascota que un jugador. Menudo, casi escuálido, sus piernas eran dos escarbadientes coronados en su base por un bollo de media arremangada, que descubría al apetito voraz de los zagueros, sus canillas peladas, a fuerza de barrio y potrero.
Pocos recuerdan un jugador tan extraordinario en su genialidad y su valentía. Travieso con el esférico atado a los botines, desequilibraba con su gambeta sin perfiles, su freno en seco y su toque preciso para la habilitación o el remate. Era veloz en la ida, pero también lo era para la vuelta. Los corría de atrás levantando tierrita de sus botines, arriesgaba el cuerpo sin miedo, metía la chaucha pese a saberse en desventaja física y cuando terminaban los partidos lo tenían que juntar en pedacitos y armarlo en el vestuario.
Fue un ignoto dirigente llamado Juan Pagels quien lo arrimó desde Avellaneda. Se probó de 3 hasta que el ojo sagaz del maestro Peucelle lo reubicó en la banda izquierda del ataque. Simplemente descubrió oro. Loustau fue la pieza final que ensambló la más perfecta máquina de jugar al fútbol, como lo fue el equipo de River entre las temporadas 1941 y 1946. Cada característica de sus actores se complementaba a la perfección. Muñóz era el silencio. Moreno el carisma. Pedernera el liderazgo. Labruna la explosión. Y, como el George Harrison de los Beatles, Chaplín era la vanguardia, la excentricidad, el misterio, ese detalle raro e irresistible que detentan todas las obras de arte.
Signo de un tiempo romántico e irrepetible, jugó 16 temporadas en la banda. Dio 8 vueltas olímpicas, actuó en más de 350 partidos y superó la línea de los 100 goles. Su despedida –junto a la de Labruna- significó el cierre de una época dorada para el millonario y el preanuncio de un oscuro período de casi dos décadas. En 1957 le dieron en pase libre y se retiró 6 meses mas tarde jugando para Estudiantes de La Plata. Lo mandaron a laburar en un rinconcito de AFA, con esa particular manera que tenemos los argentinos de reconocer a nuestras glorias. Murió de viejo en 2003. Nadie sabe como hizo para llegar caminando a Viamonte todos los días, con el peso de la enorme leyenda que sus piernas flacuchas debían transportar.